En Argentina, país que se precia de ser uno de los grandes productores y consumidores de carne de vacuno del mundo, la aparición de la carne de burro en las vitrinas de Chubut encendió todas las alarmas. No porque sea ilegal —la venta está permitida con autorizaciones provinciales y controles sanitarios— sino porque el contexto económico hace que cualquier proteína más barata se vuelva tema nacional.
Para entender el cuadro hay que partir por lo básico: el control sanitario en Argentina lo ejerce el SENASA, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria. Es, en simple, el equivalente argentino al SAG chileno. Sin su visto bueno, ninguna carne puede circular a nivel federal.
La experiencia que hoy genera debate ocurrió en Chubut, una provincia patagónica ubicada al sur de Buenos Aires, donde el clima duro y los costos han golpeado fuerte a la ganadería tradicional. En ese escenario aparece el productor Julio Cittadini, conocido en la zona por impulsar alternativas productivas. Fue él quien organizó la venta experimental de carne de burro en Trelew, con autorización sanitaria provincial y supervisión del SENASA.
Según lo publicado por medios argentinos, el burro se presenta como una opción más económica en un país donde el precio de la carne vacuna se ha disparado. El valor del kilo de carne de burro esta $7.500 pesos argentinos (alrededor de 5 mil pesos chilenos). Pero el golpe simbólico es evidente: que en la patria del asado se esté probando otra carne por razones de costo refleja el momento delicado que vive la economía argentina.
La venta se agotó rápido, lo que muestra curiosidad, necesidad o ambas cosas. Por ahora, no hay frigoríficos habilitados para tránsito federal de esta especie, así que todo queda en manos de permisos locales y controles específicos.













