Lucien Laurent no era una estrella, ni un prodigio, ni el mimado de ningún club grande. Era un delantero francés que trabajaba en una fábrica de autos y que, para viajar a Uruguay en 1930, tuvo que pedir permiso en su pega. Con ese currículum tan terrenal terminó haciendo algo que ningún otro jugador podrá repetir: marcar el primer gol en la historia de los Mundiales.
Fue el 13 de julio de 1930, en el Estadio Pocitos de Montevideo, cuando Francia enfrentó a México. A los 19 minutos, tras una jugada rápida por la derecha, Laurent apareció en el área y metió un remate cruzado que dejó sin opción al arquero mexicano Óscar Bonfiglio. Francia ganó 4–1, pero el dato que quedó para siempre fue ese disparo que abrió oficialmente la cuenta de todos los Mundiales.
La vida de Laurent nunca tuvo glamour. Nació en 1907 en Saint-Maur-des-Fossés, jugó en clubes modestos como CA Paris, Sochaux y Besançon, y combinó el fútbol con trabajos comunes para llegar a fin de mes. En la Segunda Guerra Mundial fue prisionero de los nazis y, tras sobrevivir, volvió a su vida tranquila, lejos de los focos. Murió en 2005, a los 97 años, siendo el último sobreviviente de aquel Mundial inaugural.
Su gol no salió en televisión, no tuvo relato radial global y no generó titulares rimbombantes.













