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Manuel Adorni se hizo famoso en Argentina por su tono de cruzado moral desde la Casa Rosada. Como portavoz del gobierno de Javier Milei, hablaba día por medio de transparencia, austeridad y lucha contra la corrupción, casi como si estuviera dictando cátedra. Desde ese mismo podio trató con dureza a periodistas que le hacían preguntas incómodas y usó reiteradamente la figura de Cristina Fernández para lanzar golpes políticos, muchas veces con un tono que en Chile habría generado más de un cruce en vivo.
Ese estilo —filudo, confrontacional y cargado de superioridad moral— es justamente lo que hoy lo tiene en el centro del huracán. Adorni enfrenta una investigación por presunto enriquecimiento ilícito, debió corregir su declaración jurada y explicar un patrimonio que no calza con el discurso que él mismo levantó durante meses. El vocero que exigía transparencia absoluta ahora debe justificar sus propios números.
Adorni fue, durante meses, la voz más dura del gobierno argentino: interrumpía a la prensa, ironizaba en vivo, descalificaba preguntas y convertía cada conferencia en un ring. Y cada vez que podía, apuntaba a Cristina Fernández como símbolo de la corrupción que él decía combatir. Ese tono, que en Argentina generó aplausos y rechazos por igual, hoy vuelve como un boomerang.
Mientras avanza la investigación, Adorni bajó su perfil. Menos cámaras, menos frases grandilocuentes, menos sermones. El gobierno lo sostiene públicamente, pero el daño político ya está instalado: el hombre que predicó sobre ética enfrenta ahora el mismo tipo de sospechas que él usaba para golpear a otros.













