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La historia parece inventada, pero ocurrió tal cual. En marzo de 1966, a solo cuatro meses del Mundial de Inglaterra, la Copa Jules Rimet —el trofeo original— fue exhibida en Westminster Central Hall, en Londres. Era una muestra pública, con guardias, vitrinas reforzadas y toda la pompa británica. Aun así, alguien logró robarla un domingo por la tarde.
El escándalo fue inmediato. Scotland Yard desplegó agentes por toda la ciudad, revisó casas de apuestas, interrogó coleccionistas y hasta recibió llamadas de extorsión. Nada. La copa había desaparecido sin dejar rastro.
Una semana después, el héroe apareció… y tenía cuatro patas.
Pickles, un perro blanco y negro, paseaba con su dueño, David Corbett, por el barrio de Beulah Hill, al sur de Londres. Mientras caminaban, Pickles se detuvo frente a un auto estacionado y comenzó a olfatear un paquete envuelto en papel de diario. Corbett pensó que era basura. Lo tomó. Estaba atado con cordel. Pesaba más de lo normal.
Lo abrió. Era la Copa del Mundo.
Corbett corrió a la comisaría con el trofeo en brazos. Al principio lo detuvieron, pensando que era el ladrón. Cuando comprobaron que era auténtica, Pickles pasó de perro anónimo a celebridad nacional. Lo invitaron a programas de televisión, recibió medallas y fue invitado a la cena oficial de la Federación Inglesa.
Pickles incluso asistió a la celebración cuando Inglaterra ganó el Mundial ese mismo año. Fue fotografiado junto a los campeones.
El ladrón nunca fue identificado. La policía solo atrapó a un hombre que intentó cobrar un rescate, pero no era el autor del robo.
Pickles murió un año después, pero quedó inmortalizado como el perro que salvó la Copa del Mundo.













