La relación entre Argentina y Brasil atraviesa su momento más tenso en décadas. La crisis diplomática, que venía acumulando episodios desde el inicio del gobierno de Javier Milei, escaló de manera abrupta luego de que el mandatario argentino insultara públicamente al presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, durante un acto político en São Paulo.
En ese evento, organizado por el bolsonarismo, Milei calificó a Lula de “ladrón”, “presidiario” y “basura socialista”. También lanzó ataques contra el juez del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, a quien llamó “basura calva”. El hecho de que estas declaraciones se hayan realizado en territorio brasileño elevó la gravedad del episodio y provocó una reacción inmediata del gobierno de Lula.
Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires y citó al embajador argentino en Brasilia para exigir explicaciones. La Cancillería brasileña señaló que no existen precedentes de un presidente extranjero que, en suelo brasileño, haya acumulado “agresiones y ofensas” contra el jefe de Estado, las instituciones democráticas y el pueblo brasileño. Diplomáticos del país vecino incluso compararon la tensión actual con conflictos históricos como las disputas por Itaipú en los años 70, afirmando que esta crisis es aún más seria.
Lejos de bajar el tono, Milei insistió en sus acusaciones y aseguró —sin entregar pruebas— que el gobierno brasileño habría financiado una “campaña antiargentina”. También mencionó a México y al Partido Demócrata de Estados Unidos como supuestos participantes de esa operación.
En Brasil, las reacciones han sido transversales. Autoridades del Supremo Tribunal Federal lamentaron la falta de respeto y dirigentes del Partido de los Trabajadores calificaron el episodio como “inadmisible”. Aunque Brasil no ha retirado definitivamente a su embajador, dejó claro que la situación es “grave” y que las ofensas de Milei dañan una relación bilateral de más de dos siglos.













