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Sep·26

[Opinión] El sur ya no es el fin del mapa | Por: Rodrigo A. Longa T.

“La defensa no se improvisa. Se planifica, se prepara y se construye con visión de Estado.”
— Fernando Barros, ministro de Defensa Nacional de Chile, 24 de septiembre de 2026.

Durante décadas miramos el mapa de Chile de arriba hacia abajo. Santiago al centro. El norte minero. Los puertos. Las fronteras. Y allá abajo, casi donde el mapa comienza a quedarse sin papel, Magallanes.

Quizás llegó el momento de mirar el mapa al revés.

Porque mientras buena parte del país discutía otras urgencias, en el extremo austral comenzó a moverse silenciosamente un tablero que puede marcar las próximas décadas de la política estratégica chilena.

El 24 de septiembre, desde Punta Arenas, el Ministerio de Defensa anunció algo que sería un error reducir simplemente a la compra de nuevos aviones o a la construcción de cuarteles.

Chile comenzará el proceso de reemplazo de los F-5 que llevan alrededor de medio siglo de servicio; renovará la capacidad de transporte estratégico actualmente sostenida por los C-130 Hércules; incorporará desde 2027 nuevas capacidades de patrullaje marítimo aéreo de largo alcance; modernizará los Leopard 1 desplegados en Magallanes; estudiará sistemas no tripulados, guerra electrónica y comunicaciones seguras; mejorará infraestructura naval y construirá nuevas bases militares destinadas a aumentar la presencia permanente del Estado en la zona austral.

Leído rápidamente parece un catálogo militar.

No lo es.

Es geografía convertida en estrategia.

Porque hay una diferencia gigantesca entre tener territorio y tener capacidad permanente para observarlo, conectarlo, abastecerlo y llegar hasta él.

Y Chile tiene mucho territorio hacia el sur. Muchísimo.

El Estrecho de Magallanes une dos océanos. Tierra del Fuego separa y al mismo tiempo conecta espacios marítimos. El Canal Beagle conduce hacia Cabo de Hornos. Más abajo aparece el Paso Drake. Y atravesándolo está la Antártica.

Así entendido, Magallanes deja de ser el último rincón del país.

Se convierte en su primera puerta hacia el sur.

Mientras Chile mira hacia el sur, Argentina también se mueve

Y aquí la historia se vuelve bastante más interesante.

Trece días antes del anuncio chileno, el 11 de septiembre, el ministro de Defensa argentino recorrió en Ushuaia el terreno donde se construirá la nueva Base Naval Integrada. Argentina busca reforzar desde allí su infraestructura naval, su presencia en el Atlántico Sur y su conexión logística con la Antártica.

Paralelamente, Buenos Aires está reconstruyendo capacidades que durante años estuvieron disminuidas.

Adquirió 24 F-16 provenientes de Dinamarca y cuatro aeronaves P-3 de largo alcance destinadas, entre otras funciones, a la vigilancia del enorme espacio marítimo argentino.

Chile, al otro lado de la cordillera y del tablero, no permanece inmóvil.

El 2 de septiembre, apenas semanas antes del anuncio, el Gobierno participó en un gran despliegue de la Armada en el Estrecho de Magallanes. Allí operaron conjuntamente unidades de superficie, submarinos, aviación naval e Infantería de Marina.

¿Una carrera armamentista? Sería demasiado fácil decirlo.

Y probablemente demasiado simplista.

Chile y Argentina cooperan en distintas materias de defensa y en seguridad antártica. No hay que convertir automáticamente cada inversión militar en una amenaza bilateral.

Pero tampoco sería serio fingir que nada está ocurriendo.

Ambos países están redescubriendo el valor estratégico de su extremo sur.

Y eso cambia el escenario.

La verdadera competencia puede no estar en los misiles

Porque quizá seguimos pensando la defensa con imágenes del siglo XX.

Tanques. Fragatas. Aviones. Soldados.

Todo eso continúa siendo importante.

Pero el poder estratégico del siglo XXI también se mide de otra manera.

¿Quién puede permanecer más tiempo en el territorio? ¿Quién observa mejor su espacio marítimo? ¿Quién posee mejores comunicaciones? ¿Quién puede despegar cuando el clima se complica? ¿Quién puede reparar un buque sin enviarlo miles de kilómetros hacia el norte? ¿Quién puede recibir una expedición científica extranjera? ¿Quién tiene combustible, muelles, hangares, aeropuertos y capacidad de búsqueda y rescate? ¿Quién puede llegar a la Antártica durante una ventana operacional más extensa?

Ahí aparece otro de los anuncios que pasó casi inadvertido.

Chile proyecta mejorar las condiciones del aeródromo Teniente Marsh, en la Antártica, con la intención de extender aproximadamente dos meses su temporada de vuelos. También fortalecerá la Base Presidente Frei y el muelle de Bahía Fildes.

Dos meses. En Santiago puede parecer solamente una cifra.

En la Antártica, dos meses adicionales de conectividad pueden significar ciencia, logística, evacuaciones, abastecimiento y presencia. Eso también es poder.

Y tenemos un rompehielos

En ocasiones Chile parece olvidar rápidamente sus propias capacidades.

El Almirante Viel ya está operando desde Punta Arenas y participó durante la temporada 2025-2026 en una campaña antártica en la que la Armada movilizó cuatro buques, desarrolló once comisiones y acumuló 266 días de operaciones durante una ventana de cinco meses.

En marzo, el mismo rompehielos realizó además el primer Crucero de Investigación Marina en Áreas Remotas desarrollado por Chile en aguas antárticas, transportando científicos de universidades, del INACH y del SHOA.

Ahí está quizás la mejor demostración de lo que estamos hablando.

Un rompehielos puede ser un buque militar.

Pero también puede ser laboratorio, transporte, plataforma científica, herramienta logística y presencia estatal.

El poder austral no se construye solamente apuntando armas hacia alguna parte.

También se construye llegando. Y permaneciendo.

Punta Arenas versus Ushuaia sería una mala forma de plantearlo

Porque esto no necesariamente tiene que convertirse en una competencia hostil.

Pero sí existe una competencia legítima y tremendamente interesante:

¿qué ciudad se convertirá en la gran puerta internacional hacia la Antártica?

Punta Arenas tiene aeropuerto, infraestructura militar, capacidades navales, ASMAR, universidades, ciencia y conexión terrestre.

Ushuaia tiene una ubicación privilegiada sobre el Beagle, intensa actividad marítima antártica y una nueva infraestructura naval en desarrollo.

Ambas quieren mirar hacia el mismo horizonte.

Y detrás aparecen Chile y Argentina intentando transformar ubicación geográfica en capacidad estratégica.

Ese fenómeno probablemente será mucho más importante durante los próximos veinte años que varias de las discusiones políticas que hoy ocupan nuestras portadas.

Porque el mapa cambió sin moverse

La geografía sigue exactamente en el mismo lugar. El Estrecho continúa allí. Cabo de Hornos continúa golpeado por el viento. El Drake sigue siendo uno de los mares más duros del planeta.

La Antártica continúa blanca, remota y aparentemente distante. Lo que cambió fue nuestra manera de comprenderlos.

El Gobierno chileno sostiene que durante 2026 la inversión destinada a capacidades estratégicas será cercana al doble de la registrada el año anterior y que la planificación austral debe pensarse a diez, quince y veinte años.

Esa última cifra temporal importa más que muchas otras.

Porque significa que lo que se está decidiendo hoy no está pensado solamente para el próximo gobierno.

Está pensado para el Chile de 2040.

Un Chile donde probablemente habrá más drones, más sensores, comunicaciones más sofisticadas y plataformas distintas.

Pero donde seguirá existiendo exactamente el mismo desafío fundamental:

Estar.

Estar en Magallanes. Estar en Tierra del Fuego. Estar en el Beagle. Estar en nuestros mares australes. Estar en la Antártica.

No para amenazar al vecino. Tampoco para transformar cada discusión territorial en una bandera de confrontación.

Sino porque ningún Estado puede aspirar a desempeñar un papel relevante en un espacio que apenas observa desde lejos.

Por eso quizás estamos mirando equivocadamente el anuncio cuando preguntamos solamente cuántas bases se construirán o qué avión reemplazará al F-5.

La verdadera pregunta es mucho mayor:

¿qué lugar quiere ocupar Chile en el extremo austral durante las próximas décadas?

Porque durante demasiado tiempo el sur fue observado como el lugar donde Chile terminaba.

Quizás estamos comenzando a comprender exactamente lo contrario.

Allí no termina Chile.

Allí comienza su proyección hacia uno de los espacios estratégicos más importantes del siglo XXI.


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.

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