Recién el lunes 7 de abril del presente año, pude leer las notas que me enviaron por internet, a lo cual no me queda más que agradecer el gesto de acodarse de los iquiqueños, en momentos de dolor, angustia, estrés e incertidumbre de lo que pueda venir y suceder en el futuro.
De este suceso, creo que los que vivimos momentos de terror, hemos sacado una lección que es un principio vital para el desarrollo de nuestras vidas, que es la unidad entre los vecinos, donde nos hemos ayudado primero como familia y luego con los que viven al lado y otras personas que nunca nos habíamos conocido, pero en la calle nos entregamos apoyo.
En la adversidad, muchos se acordaron de Dios, pero una vez que pasó el temor volvieron a mostrar su pobreza humana, a diferencia que en los antiguos iquiqueños está la traducción histórica y concreta de ayudar al prójimo.
Los iquiqueños que esperamos que venga algo parecido o más terrible, tenemos que ser capaces de replantearnos y no solo en una discusión teórica, sino que crear un tejido de opciones vitales, que toquen las fibras más hondas del corazón y ese acuerdo tiene que venir de una conversión del alma.
Ahora viene la reconstrucción, que es la apertura para caminar juntos, ciudadanos y autoridades unidos por el mismo objetivo
Después de los terremotos, la brecha de la pobreza se hace más latente y es peligroso cuando la ciudadanía sufre una catástrofe y hay comerciantes que especulan con los precios de los productos de primera necesidad o gente que no necesita, estira la mano para que le den, siendo que hay familias que requieren de ayuda y éstos le quitan la posibilidad de encontrar algún alivio.
Las autoridades en principio no estuvieron a la altura de las primeras necesidades, como el caso de la alarma que sonó minutos después, cuando los habitantes ya se encontraban en zonas seguras.
En varios sectores de la ciudad de Iquique, muchas personas pernoctaron en la calle, no querían volver a sus hogares por el temor que ya habían experimentado y fue terrible, principalmente para los niños, personas de la tercera edad y nuestras mascotas que no sabían que hacer, pero la ayuda no llegaba, no había baños químicos, alimentos e incluso, algunos dirigentes vecinales tuvieron que reemplazar a las autoridades y entregar alivio a los que sufrían, pero les faltaba los recursos.
La lenta reacción de las autoridades llevó en algunas poblaciones a sus habitantes a levantar barricadas, que fue mirado como una expresión de decadencia, pero hizo que la ayuda llegara y la justicia social se hiciera presente como el primer valor de los derechos humanos.
Ahora viene la reconstrucción, que es la apertura para caminar juntos, ciudadanos y autoridades unidos por el mismo objetivo, volver la dignidad a las personas que quedaron en la calle y quitar del camino a los que siempre quieren aprovecharse de la desgracia de otros.
La palabra “Participación” debe tener un sentido correcto, que es el mensaje de los dirigentes sociales comprometidos con la gente, no aquellos que más sirven a la clase política y no saben que pasa en sus poblaciones.
A levantarnos, a no escuchar las definiciones dogmáticas y la bajeza moral, a crear comunidad, transformarnos en psiquiatras o psicólogos y recoger las vivencias y experiencias de cada uno, abrir los que estamos mejores nuestras puertas y “nuestro corazón tendido al sol…”, como dice en una de sus canciones Víctor Manuel.
Gracias a todos los amigos que nos llamaron de otros lugares para darnos ánimo, en mi caso a Aurelia Olmos y sus hijos de Coquimbo, a Elcira Salinas de Casablanca y tantos otros que han engrandecido mi corazón por tanta bondad en sus palabras.














