PERICOTE
La leyenda dice que el vino navegado se llama así porque “navega” con las rodajas de naranja flotando como balsas aromáticas. Otros dicen que el nombre viene de que, después de un par de tazas, uno siente que todo se mueve como si estuviera en alta mar. Ambas teorías son para creer y ninguna contradice la experiencia práctica.
La receta es simple, como todo lo bueno. Te compras un tintán, ojalá uno decente, aunque la verdad es que el navegado ha salvado más de un vino que no merecía ser bebido solo. Se le agregan rodajas de naranja, azúcar en cantidades que harían llorar a una nutricionista, canela y clavo de olor. Todo se calienta con cariño, sin hervir, hasta que la cocina empieza a oler a invierno, sobremesa y conversación larga.
La preparación tiene su ciencia doméstica: no se trata de hacer un vino caliente sin más, sino de lograr ese punto exacto en que el alcohol se suaviza, los cítricos despiertan y las especias se ponen a trabajar. Cuando está listo, se sirve en tazas, porque el navegado no es bebida de copa fina. Es bebida de reunión, de conversación, pelambres, de casa con frío y amigos que se entusiasman y piden preparar otro más.
El origen del brebaje es campesino, sureño y práctico. En zonas donde el invierno dura más de lo que debería, como Chillán, Puerto Montt o Aysen, calentar el vino era una solución lógica. Con el tiempo, la receta se estandarizó y pasó de ser un truco para sobrevivir al clima a convertirse en un clásico nacional. Hoy aparece en fondas, reuniones familiares y cualquier ocasión donde alguien diga la frase mágica: hace frío, ¿y si hacemos un navegado?













