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Ago

La culpa siempre es de otro: las omisiones y la autocrítica pendiente del Frente Amplio | Por Rodrigo Longa T.

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Rodrigo Longa T.

“Tenemos la intención de asumir plena responsabilidad por nuestros errores.” — John F. Kennedy

El documento de conclusiones del Primer Congreso Ideológico y Estratégico del Frente Amplio intenta ofrecer una explicación sobre su presente y proyectar una estrategia para volver a disputar el Gobierno en 2029. El esfuerzo intelectual es evidente: hay diagnóstico internacional, definiciones doctrinarias, propuestas programáticas y una extensa reflexión sobre el avance de la ultraderecha. Sin embargo, después de 44 páginas, permanece una sensación incómoda: el Frente Amplio escribe como si nunca hubiera gobernado Chile.

El partido reconoce una crisis de representación, el debilitamiento de la democracia, la pérdida de confianza en las instituciones y la distancia entre la política y la vida cotidiana. Habla, incluso, de una “brecha de incumplimiento”: la democracia promete derechos, bienestar y seguridad, pero no logra concretarlos en la experiencia diaria de las personas. Es un diagnóstico acertado. Lo sorprendente es que el Frente Amplio lo formule casi como un observador externo, cuando fue precisamente la principal fuerza política del Gobierno anterior y, por tanto, también responsable de esa distancia entre las promesas y los resultados.

En el texto existe autocrítica, pero es una autocrítica cuidadosamente administrada. Se reconocen “decisiones adoptadas durante la gestión”, debilidades organizacionales y dificultades para conducir políticamente el conflicto social. No obstante, las responsabilidades se diluyen entre la falta de mayorías parlamentarias, el poder económico, los medios de comunicación, la correlación de fuerzas adversa, el fracaso constitucional y el avance internacional de la ultraderecha.

Todos esos factores existieron y condicionaron la acción gubernamental. Pero gobernar significa precisamente actuar en condiciones desfavorables, negociar, priorizar, comunicar y asumir costos. Un partido que aspira a transformar la sociedad no puede explicar sus derrotas únicamente enumerando los poderes que encontró en el camino. Debe preguntarse también por qué no logró persuadir, ordenar prioridades ni construir los acuerdos que necesitaba.

El problema central del Frente Amplio continúa siendo la falta de un relato político reconocible. Tiene principios, diagnósticos y propuestas, pero no consigue convertirlos en una narración sencilla sobre el país que recibió, aquello que hizo, lo que no pudo realizar y el Chile que pretende construir.

Esa carencia resulta todavía más evidente frente a los errores no forzados del actual Gobierno. Pese a las controversias, contradicciones, dificultades de gestión y tensiones internas del oficialismo, el Frente Amplio no ha conseguido transformar esos episodios en una alternativa política creíble. Puede criticar cada decisión, responder a cada polémica y denunciar cada retroceso, pero permanece actuando desde la coyuntura. Reacciona, comenta y fiscaliza, sin instalar un marco propio que organice el descontento ciudadano.

La oposición no se fortalece simplemente porque el Gobierno se equivoque. Para rentabilizar políticamente esos errores debe existir una fuerza capaz de explicar por qué ocurrieron, cómo afectan concretamente a las personas y qué alternativa propone. Si esa alternativa no está clara, el desgaste gubernamental no necesariamente beneficia al Frente Amplio. Puede traducirse en mayor apatía, fragmentación o apoyo a otra expresión política aún más radical.

El documento reconoce que el partido utiliza un lenguaje excesivamente técnico, académico y urbano. Sin embargo, incurre reiteradamente en el mismo defecto que denuncia. Habla de hegemonía cultural, correlación de fuerzas, sujetos políticos, financiarización, reproducción social, prefiguración municipal y transformación de las relaciones sociales de producción. Son conceptos legítimos dentro de un congreso ideológico, pero también revelan la dificultad para hablarle a una ciudadanía preocupada por llegar a fin de mes, encontrar una vivienda, conseguir atención médica, proteger a sus hijos o caminar con seguridad por su barrio.

No se trata de simplificar hasta vaciar las ideas, sino de comprender que la claridad también es una forma de respeto democrático. Cuando un proyecto político necesita una explicación permanente para ser comprendido, probablemente el problema no se encuentre solo en quien escucha.

Este punto resulta especialmente delicado al examinar el fracaso del primer proyecto de nueva Constitución. En ciertos pasajes del debate frenteamplista reaparece la idea de que la ciudadanía no comprendió suficientemente la propuesta o que la desinformación le impidió apreciar sus beneficios. Es cierto que hubo noticias falsas, campañas interesadas y una deliberación pública deteriorada; sin embargo, atribuir el rechazo principalmente a una supuesta falta de comprensión ciudadana constituye una manera cómoda —y políticamente peligrosa— de eludir responsabilidades. También implica tratar a los electores como ingenuos, cuando una amplia mayoría pudo leer, comprender y concluir legítimamente que el texto era deficiente, poco representativo y excesivamente ideologizado.

Tampoco puede ignorarse el deterioro provocado por los excesos de la Convención: performances con corpóreos, gestos autorreferentes, episodios con desnudos y otras expresiones que respondieron más a preferencias personales que a la solemnidad de un proceso constituyente. Aquellas conductas terminaron alejando a una ciudadanía que esperaba seriedad, acuerdos amplios y una Constitución capaz de representar al conjunto del país, no solo las aspiraciones de determinados sectores políticos.

La ciudadanía sí comprendió elementos fundamentales del proceso. Percibió divisiones, maximalismos, declaraciones desafortunadas, símbolos innecesariamente confrontacionales y una propuesta que, en varios aspectos, no logró representar un horizonte común. Puede haberse equivocado, haber recibido información parcial o haber votado por razones contradictorias, pero en democracia el pueblo no tiene la obligación de aprobar aquello que una élite política considera correcto.

Decir o insinuar que la ciudadanía “no entendió” convierte un fracaso político en una supuesta insuficiencia pedagógica del electorado. El problema dejaría de ser la incapacidad de convencer y pasaría a ser la incapacidad de los ciudadanos para comprender. Esa mirada no solo es paternalista: también profundiza la distancia que el propio documento dice querer superar.

La derrota constitucional no fue simplemente comunicacional. Fue política. El Frente Amplio y las fuerzas transformadoras no consiguieron construir confianza, moderar sus impulsos identitarios, proteger el proceso de sus propios excesos ni convertir una extensa propuesta jurídica en un pacto nacional reconocible. La magnitud del rechazo obliga a una reflexión más profunda que afirmar que faltó explicar mejor el texto.

Algo similar ocurre con el balance del Gobierno anterior. El documento destaca reformas importantes: las 40 horas, el copago cero, el royalty minero, la reforma previsional y la Estrategia Nacional del Litio. Son avances concretos que merecen ser reconocidos. Pero el partido tampoco consiguió convertirlos en un relato de transformación coherente. Hubo logros, pero no una historia política capaz de conectarlos. La ciudadanía conoció medidas separadas, polémicas sucesivas y expectativas frustradas, pero difícilmente pudo identificar un rumbo común.

Ahora el Frente Amplio propone reconstruirse territorialmente, fortalecer los municipios, recuperar el vínculo con los sectores populares, incorporar a trabajadores informales, emprendedores, MIPYMES, habitantes rurales, endeudados y juventudes no universitarias. La orientación es correcta. La duda es si el partido está dispuesto a escuchar verdaderamente a esos sectores o si solo pretende traducirles, con palabras más sencillas, conclusiones previamente elaboradas.

Escuchar no consiste en recorrer los territorios para confirmar una teoría. Implica aceptar que las prioridades de las personas pueden ser distintas de las definidas por la dirigencia; que la seguridad no es una invención de la derecha; que el esfuerzo individual no debe ser ridiculizado; que emprender no convierte a alguien en enemigo de clase; que la migración requiere reglas; y que un Estado más fuerte solo será defendido si funciona con eficiencia, transparencia y oportunidad.

El Congreso del Frente Amplio produce una definición ideológica clara, pero no resuelve su principal dificultad política: cómo transformar esa identidad en una mayoría nacional. Se declara socialista, feminista, ecologista, democrático, popular, patriótico, internacionalista, descentralizador e intercultural. La acumulación de principios puede dar cohesión a la militancia, pero no necesariamente construye un relato ciudadano.

El Frente Amplio parece saber con bastante precisión quién quiere ser, pero todavía no logra explicar convincentemente por qué Chile debería volver a confiar en él.

Antes de pensar en 2029, el partido necesita enfrentar sin eufemismos su experiencia de gobierno. Debe reconocer que no solo encontró obstáculos: también cometió errores. Que no solamente fue víctima de una correlación de fuerzas adversa: también desperdició oportunidades. Que la ciudadanía no rechazó sus propuestas únicamente porque no las entendiera: muchas veces las comprendió y no fue convencida.

Un proyecto político madura cuando deja de responsabilizar al electorado por sus derrotas y comienza a preguntarse qué hizo para provocarlas. Mientras el Frente Amplio no complete ese aprendizaje, seguirá produciendo documentos ideológicamente sofisticados, pero políticamente insuficientes. Y continuará dando la impresión de analizar el país como si nunca hubiera tenido la responsabilidad de gobernarlo… y estuvieron a la cabeza del Gobierno, pero quizás en su seno sienten que nunca gobernaron, y quizás así sea.


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.

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