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Lo que pasó en Ciudad de México no es menor. El Zócalo, uno de los espacios públicos más emblemáticos de Latinoamérica, recibió a 31 Minutos como si fueran una banda histórica. Miles de familias, jóvenes y adultos que crecieron con Tulio, Bodoque y Juanín llenaron la plaza para ver un espectáculo que, sin exagerar, ya forma parte del patrimonio emocional de la región.
La presentación fue parte del festival Zocalito de las Infancias y se transformó en un evento masivo que dejó claro que el humor, la música y la ironía de este noticiero de títeres cruzaron fronteras hace rato. En México, 31 Minutos no es un programa “de culto”: es un éxito transversal. Y verlos en el Zócalo, con la plaza completa coreando “Mi muñeca me habló” o “Tangananica Tangananá”, fue la prueba definitiva.
Para Chile, y especialmente para quienes crecimos viendo televisión pública con más ingenio que presupuesto, esto tiene un sabor especial. 31 Minutos nació como un proyecto chico, casi artesanal, y terminó convertido en un referente latinoamericano. Que México los reciba así no solo habla del cariño del público, sino también de la calidad del trabajo creativo chileno, ese que a veces valoramos menos de lo que deberíamos.
El show mezcló música en vivo, humor absurdo, crítica suave y esa estética que ya es marca registrada. Tulio desbordado, Bodoque filosófico, Juanín al borde del colapso y Patana poniendo orden. Todo con una producción impecable y un público que respondió como si estuviera frente a un clásico de su propia cultura.
La imagen final lo resume todo: un Zócalo lleno, miles de voces cantando canciones que nacieron en TVN hace más de veinte años, y un grupo de artistas chilenos demostrando que la creatividad local puede conquistar cualquier escenario. Orgullo puro.













