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En los meses previos al Mundial de España 1982, la selección chilena vivía un ambiente extraño: resultados que ilusionaban, una precampaña que no convencía y un técnico que parecía vivir en un mundo paralelo. Luis “Locutín” Santibáñez, con su estilo frontal, su verborrea y su gusto por el autobombo, insistía en que Chile llegaría fuerte al Mundial, mientras la prensa deportiva y buena parte de la hinchada miraban todo con desconfianza.
La Roja tenía figuras enormes como Carlos Caszely y Elías Figueroa, pero el trabajo previo no daba señales claras. Santibáñez programó amistosos contra equipos europeos de tercera división, rivales que no representaban el nivel que Chile enfrentaría en España. Ganar esos partidos alimentaba la imagen de una selección “imbatible”, pero era una ilusión creada por el propio técnico. Los periodistas lo acusaban de maquillar la realidad, de vender una preparación que no era tal, y de inflar cada triunfo como si Chile estuviera listo para pelear el título.
En ese clima de críticas, Santibáñez explotó. Cansado de los cuestionamientos y molesto porque algunos medios empezaron a suavizar el tono cuando la Roja se acercaba al Mundial, lanzó su frase más recordada: “No se suban al carro de la victoria”. Lo dijo con ironía, con rabia y con esa teatralidad que lo caracterizaba. Para él, muchos de los que lo habían criticado sin piedad ahora querían aparecer cerca del éxito, como si siempre hubieran estado apoyando el proceso.
La frase quedó marcada en la historia del fútbol chileno. Era el resumen perfecto de un técnico que se defendía con palabras, que construía relatos y que enfrentaba a la prensa con provocaciones. Pero el Mundial terminó por desarmar toda esa narrativa. Chile volvió derrotado por Austria, Alemania y Argelia, sin puntos y con una actuación que dejó al país golpeado. La prensa, que ya venía en conflicto con Santibáñez, se le fue encima. El “carro de la victoria” se transformó en un símbolo de la distancia entre el discurso del técnico y la realidad en la cancha.
Con el tiempo, la frase quedó instalada en el lenguaje futbolero chileno. Pero su origen está ahí: en un proceso lleno de tensiones, con un técnico que construyó una pantomima para blindarse y un periodismo que no le perdonaba nada. España 82 fue el golpe final a ese relato.













