Las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) confirman un deterioro sostenido del mercado laboral. Durante el trimestre marzo-mayo de 2026, la tasa de desocupación llegó a 9,4%, el nivel más alto en cinco años, consolidando un escenario de debilidad persistente del empleo en Chile.
El aumento anual fue de 0,5 puntos porcentuales, explicado por un crecimiento de la fuerza de trabajo de 1,3%, superior al incremento de los ocupados (0,8%). El resultado es claro: la economía está generando menos empleo del necesario para absorber a quienes buscan trabajo.
En este contexto, los desocupados aumentaron 6,9%, con alzas en los cesantes (5,9%) y, especialmente, en quienes buscan trabajo por primera vez (16,4%). Esto refleja mayores dificultades de inserción laboral, sobre todo para quienes recién ingresan al mercado.
Un elemento clave es la informalidad. La tasa de ocupación informal alcanzó 27,0%, aumentando un punto porcentual en un año. Esto significa que más de uno de cada cuatro trabajadores se desempeña sin protección social ni estabilidad laboral.
Las personas ocupadas informales crecieron 4,6%, impulsadas por el comercio, la industria manufacturera y el trabajo por cuenta propia, lo que muestra que parte del ajuste del mercado laboral se está trasladando hacia empleos de menor calidad.
Por género, la brecha se mantiene: la desocupación femenina llegó a 10,5%, mientras que la masculina alcanzó 8,6%, evidenciando diferencias persistentes en el acceso al empleo.
Aunque algunos sectores mostraron crecimiento —industria manufacturera (5,2%), salud (6,0%) y servicios profesionales (11,6%)— estos avances no son suficientes para revertir el deterioro general del mercado laboral.
En términos estructurales, el problema no es solo el desempleo, sino la menor capacidad de la economía para generar empleo formal de manera sostenida. Cuando la inversión es débil y la productividad no crece, el ajuste termina reflejándose directamente en el trabajo.
En este escenario, gran parte del deterioro del empleo se relaciona con el aumento de los costos laborales y las mayores rigideces en el mercado del trabajo introducidas en los últimos años. Estas condiciones, impulsadas durante los gobiernos de izquierda, principalmente por el fracasado gobierno de Gabriel Boric, están afectando la capacidad de las empresas —especialmente las pymes— para contratar nuevos trabajadores formales.
Cuando contratar se vuelve más costoso en relación con la productividad, el ajuste no desaparece: se traduce en menor creación de empleo, mayor informalidad o aumento del desempleo.
En definitiva, las cifras del INE no solo describen un ciclo económico débil, sino un mercado laboral que enfrenta restricciones crecientes para generar empleo de calidad de manera sostenida.
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