
Asesor de Seguridad y Contrainteligencia Estratégica
Colaborador en análisis de conflictos globales y doctrinas de disuasión
Universidad de San Marcos
Una ofensiva celebrada como victoria táctica podría convertirse en la mecha de una nueva era de violencia asimétrica, caos regional y descontrol global. Cuando el poder actúa sin inteligencia, el resultado no es seguridad: es una guerra que nadie pidió, pero que todos terminarán pagando.
El reciente ataque militar de Estados Unidos denominado “midnight hammer” a instalaciones nucleares iraníes —Fordow, Natanz e Isfahán— marca un punto de inflexión estratégico que más que exhibir supremacía, podría ser la antesala de una nueva era de inestabilidad global. Esta operación, ejecutada con precisión quirúrgica, ha sido celebrada en los círculos militares como una demostración de poder abrumador. Sin embargo, como profesional dedicado a la seguridad y la contrainteligencia, lo que observo es menos una victoria y más una señal de alarma.
Si bien es un golpe táctico, pero es, en sí mismo, un fracaso estratégico. Que Estados Unidos logre destruir estructuras subterráneas con bombas GBU-57 y misiles Tomahawk desde submarinos es incuestionable desde el plano técnico. Que logre con ello resolver el problema nuclear iraní es, sencillamente, una ilusión.
Los ataques no desmantelan la voluntad, ni desarticulan el conocimiento técnico acumulado. Irán ha dispersado sus capacidades nucleares desde hace años, y si algo provoca este ataque es el incentivo definitivo para volcar su programa al secreto total, lejos de la lupa de inspectores internacionales. La salida del TNP (Tratado de No Proliferación) es un escenario realista, y con ello se entra en una zona oscura: sin fiscalización, sin diálogo, sin límites y sin control.
Se abre la caja de Pandora del Medio Oriente. En términos geopolíticos, EE.UU. ha abierto la puerta a una escalada regional sin precedentes. Con Hezbollah en Líbano, los hutíes en Yemen y milicias chiíes en Irak con vínculos directos con Teherán, el mapa regional se convierte en un tablero de ataques asimétricos: drones, emboscadas, sabotajes y ciberataques están casi asegurados. La declaración iraní de que «todo ciudadano estadounidense en la región es blanco legítimo», no se puede abordar de manera interpretativa, debe tomarse al pie de la letra, si literal. Este tipo de guerra no se gana con fuerza aérea, se gana —si acaso alguien gana en una guerra— con paciencia, inteligencia y contención.
Debemos develar el alto costo del unilateralismo. Lo más preocupante es la forma en que esta ofensiva se ha llevado a cabo: sin el aval del Congreso estadounidense, sin coordinación con aliados de la OTAN y sin consultar siquiera con actores regionales clave. Este tipo de decisiones —personalistas, maximalistas y sin evaluación parlamentaria— vulneran la arquitectura institucional estadounidense y debilitan su legitimidad moral en el escenario internacional.
No es de extrañar que naciones como Chile, Venezuela y Cuba hayan condenado el ataque. Pero incluso los aliados tradicionales guardan un silencio incómodo. La ONU ha pedido contención, convocando de urgencia al Consejo de Seguridad de la ONU tras ataques de EEUU a Irán, los mercados tiemblan, se prevé que los mercados bursátiles presenten una apertura con pérdidas notables, y el precio del petróleo podría escalar hasta niveles críticos si Irán responde con el cierre total del Estrecho de Ormuz.
Ahora bien, analicemos el día después, la pregunta clave es “V” de ¿victoria o veneno?
En 4 escenarios posibles:
- Escalada limitada. Probabilidad (30%): Bombardeos puntuales, ofensivas cibernéticas y ataques de satélites, contención en la región del Golfo.
- Guerra de desgaste. Probabilidad (40%): Respuesta de baja intensidad: ataques de milicias, cierre del Estrecho de Ormuz, impacto en precios petroleros, imposición de sanciones adicionales.
- Camino diplomático bajo presión. Probabilidad (20%): Irán podría estar obligado a negociar bajo supervisión internacional si se logra contener el ciclo de represalias.
- Guerra amplia regional. Probabilidad (10%): Si Irán dispara misiles a Israel o EE.UU. responde con fuerza mayor, podría arrastrar a Arabia Saudita o Turquía, activando una conflagración.
De los cuatro escenarios proyectados, el más probable es el de una guerra de desgaste (40%): una seguidilla de ataques, sanciones, sabotajes y represalias que, como en Irak o Afganistán, podrían extenderse por años.
La opción diplomática tiene sólo un 20% de probabilidad, y solo se hará viable si hay un esfuerzo serio de mediación multilateral, algo improbable en medio de elecciones presidenciales estadounidenses y una política exterior completamente subordinada al discurso de fuerza.
Desde la estrategia y el ámbito de contrainteligencia lo que se necesita ahora es inteligencia táctica y estratégica, se necesita un escudo, no un gladius, se necesita defensa, no misiles.
Desde la perspectiva técnica, las recomendaciones son claras:
- Refuerzo del aparato de inteligencia, especialmente en señales, infiltración y monitoreo satelital de infraestructura dispersa.
- Fortalecimiento de la ciberdefensa, dado que el próximo frente probablemente no será físico, sino digital.
- Blindaje diplomático de embajadas y activos estratégicos de EE.UU. y aliados en la región.
- Contención discursiva, tanto desde la Casa Blanca como desde el Pentágono, para evitar que el tono triunfalista se transforme en arrogancia peligrosa.
- Y sobre todo, una coalición internacional de contención, que sume a la Unión Europea, Turquía, India y actores neutrales como Suiza, para negociar salidas que eviten una conflagración global.
Los invito a realizar esta reflexión, “poder no es sinónimo de sabiduría”. Estados Unidos ha mostrado su capacidad de golpear, pero no ha demostrado aún que sepa qué hacer con las consecuencias. El golpe a Irán puede haber sido quirúrgico, pero sus efectos son sistémicos. Si no se construye una estrategia de salida basada en inteligencia, diplomacia e institucionalidad multilateral, esta operación no será recordada como un éxito militar, sino como el error que encendió una mecha regional de consecuencias imprevisibles.
El poder sin inteligencia es fuerza bruta. La seguridad sin diplomacia es apenas control del caos. Hoy más que nunca, la prioridad no es demostrar fuerza, sino demostrar juicio.
Finalizo esta columna citando al general, estratega y filósofo chino Sun Tzu, quien afirmaba: “Los guerreros victoriosos ganan primero y luego van a la guerra, mientras que los derrotados van primero a la guerra y luego buscan la victoria”.
Una advertencia atemporal que adquiere plena vigencia ante el impulso temerario del presidente Trump: un ataque sin un objetivo estratégico sólido no es necesariamente una muestra de fuerza, sino el preludio de su propia caída. Lejos de asegurar la paz, podría abrir la puerta a una nueva era de represalias, quizás incluso al germen de un nuevo 11 de septiembre.
El Sol de Iquique no comparte necesariamente las opiniones de los invitados, panelistas, columnistas y conductores, porque en este medio todos pensamos diferente. Aunque no necesariamente.













