La salida de Mara Sedini del gabinete no sorprendió a nadie en La Moneda. Su paso como vocera estuvo marcado por frases que terminaron siendo más un problema que una solución.
Cuando defendió el nombramiento de Trinidad Steinert, dijo que “las conversaciones entre Kast y la exfiscal llevaban un buen tiempo”, lo que abrió dudas sobre la independencia de la Fiscalía. En otra ocasión, desde las redes oficiales del gobierno se difundió la idea de un “Estado en quiebra”, lo que generó un oficio de Contraloría y críticas por usar plataformas institucionales para mensajes políticos.
El tropiezo más fuerte fue cuando aseguró que “Galvarino Apablaza es un condenado de la justicia chilena”. El error fue grave: Apablaza está procesado, pero nunca condenado. Sedini tuvo que salir a corregir: “Galvarino Apablaza es un prófugo de la justicia chilena. No está condenado, sino acusado de ser el autor intelectual del asesinato del senador Jaime Guzmán.”
A esas frases se sumaron otras defensivas, como “vine a ser la cara del Gobierno como vocera; lo voy a hacer, no me voy a esconder” y “cada uno dirá cómo le gustaría que fuera un vocero, en este caso, soy yo y el estilo lo pongo yo”. En vez de reforzar su rol, terminaron mostrando rigidez y poca autocrítica.
Con este historial, Sedini nunca logró instalar mensajes claros ni conectar con la ciudadanía. Su salida fue inevitable: Kast necesitaba una voz más política y menos polémica para enfrentar la tormenta.













