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El 7 de mayo de 2004 se promulgó en Chile la Ley de Matrimonio Civil que, por fin, incorporó el divorcio. Suena increíble hoy, pero en ese momento el país era uno de los últimos del planeta en no permitirlo. Solo Malta y Filipinas seguían sin una legislación similar. Para muchos, fue el cierre de una discusión que se había estirado por décadas y que mostraba lo difícil que era mover ciertas estructuras en la política chilena.
La tramitación fue larga, áspera y llena de frases que hoy parecen sacadas de otro siglo. Buena parte de la derecha se oponía con fuerza. Argumentaban que el divorcio iba a “destruir a la familia”, que abriría la puerta a una “sociedad sin compromiso” y que terminaría “relativizando el matrimonio”. Varios parlamentarios de la UDI y RN insistían en que la separación legal era suficiente y que permitir el divorcio equivalía a “normalizar el abandono”.
En esos años, figuras como Joaquín Lavín, Pablo Longueira, Andrés Chadwick, Carlos Bombal, Martín Arrau, Sergio Diez y otros dirigentes conservadores se alinearon contra la idea. Algunos sostenían que la ley iba a generar “inestabilidad social” y que el matrimonio debía ser “indisoluble”. Otros advertían que Chile debía “defender sus valores” frente a lo que llamaban “modas extranjeras”.
ALVARADO HOY
Entre los votos en contra estuvo el entonces diputado UDI Claudio Alvarado, hoy ministro del Interior dijo hace 22 años: “A mi juicio, el divorcio debilita la institución del matrimonio y, por ende, también a la familia, por razones muy claras. En el momento en que el matrimonio pasa a ser una unión cuya mantención depende de la sola voluntad de los cónyuges, de uno o de ambos, su naturaleza cambia a la de un simple contrato civil, de características precarias, cuya duración es incierta y, por lo mismo, su grado de compromiso y entrega pasa a ser menor que frente al matrimonio indisoluble”.
Mientras tanto, la realidad iba por otro lado. Miles de parejas vivían separadas de hecho, sin herramientas legales claras para rehacer su vida, regular bienes o proteger a sus hijos. La presión social creció y el Congreso terminó aprobando la ley con un debate que dejó heridas políticas, pero que también marcó un cambio cultural profundo.
Con la promulgación del divorcio, Chile dejó atrás una anomalía legal que lo mantenía aislado del resto del mundo. Y aunque la discusión fue dura, el tiempo terminó demostrando que la familia chilena no se destruyó, que la sociedad no colapsó y que la vida cotidiana siguió su curso, solo que con más herramientas para quienes necesitaban cerrar una etapa y empezar otra.













