
Ingeniero control gestión UNAP / Post. economía y finanzas USACH /
Integrante OET observatorio económico Tarapacá
El último IMACEC de -0,1% informado por el BC volvió a encender las alarmas sobre el verdadero estado de la economía nacional. Más allá de las correcciones posteriores que suelen tener estos indicadores, lo cierto es que el primer trimestre cerró con señales evidentes de desaceleración y pérdida de tracción económica. Y cuando una economía comienza a perder dinamismo, no solo se resienten las cifras macroeconómicas; también se instala una sensación de incertidumbre que termina golpeando la inversión, el empleo y la confianza.
Durante los últimos meses existía la expectativa de que el cambio de ciclo político generara una reactivación más rápida, principalmente por un cambio en las expectativas del mercado y de los inversionistas. Sin embargo, la economía no funciona solo con discursos ni con optimismo. Las expectativas ayudan, pero requieren señales concretas, sostenidas y creíbles para transformarse en inversión real y crecimiento.
A eso se suma un contexto internacional complejo. La incertidumbre geopolítica derivada del conflicto en Medio Oriente, junto con indicadores de confianza de consumidores y productores aún debilitados, han profundizado una sensación de cautela generalizada. El problema es que cuando la economía entra en una especie de “somnolencia”, salir de ella requiere mucho más que anuncios.
En ese escenario, el debate sobre la invariabilidad tributaria ha tomado una relevancia mayor. Y aquí resulta importante sincerar la discusión. Buena parte de las críticas que hoy surgen desde algunos sectores no apuntan solamente a aspectos técnicos o constitucionales de la propuesta de ley de reconstrucción y reactivación económica del gobierno del presidente Kast, sino a una oposición más profunda respecto de cualquier rebaja tributaria que busque incentivar inversión y crecimiento.
El argumento de que toda disminución de impuestos debe ser inmediatamente compensada con nuevas alzas tributarias en otros sectores parece ignorar una realidad incómoda: varias reformas tributarias aprobadas en años anteriores prometieron altos niveles de recaudación que finalmente nunca llegaron. Por lo tanto, insistir en la lógica de subir impuestos para compensar bajas tributarias puede terminar profundizando el mismo problema fiscal que se busca resolver.
La discusión de fondo debiera centrarse en cómo lograr sostenibilidad fiscal sin seguir asfixiando la capacidad de crecimiento de la economía. Y eso implica entender que el ajuste no puede descansar exclusivamente en mayores cargas tributarias, sino también en modernización del Estado, eficiencia del gasto y revisión de la burocracia que hoy frena proyectos e inversión.
En las últimas semanas hemos visto señales positivas, como el destrabe de iniciativas de inversión desde el comité de ministros ambientales. Son avances importantes, pero todavía insuficientes frente a la magnitud del desafío económico que enfrenta el país.
Respecto de la invariabilidad tributaria, además, conviene recordar que no se trata de una figura inédita ni extravagante. Chile ya aplicó mecanismos similares antes de la Constitución de 1980, y países como Canadá y España también han utilizado herramientas de estabilidad tributaria en sectores específicos para otorgar certezas a la inversión.
Porque, al final del día, el crecimiento económico no depende únicamente de bajar impuestos o aumentar gasto público. Depende, sobre todo, de recuperar la confianza. Y la confianza se construye cuando existen reglas claras, estabilidad, responsabilidad fiscal y señales concretas de que el país quiere volver a crecer.













