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20

May

Sobreestimación de ingresos | Por Agustín Rendic

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Agustín Rendic / Ingeniero en Control de Gestión UNAP / Postítulo en Economía y Finanzas USACH / Integrante OET, Observatorio Económico Tarapacá

He estado analizando la política fiscal desde hace varios años a través de los medios de comunicación, y observo con claridad que el nivel de prioridad otorgado al cumplimiento de las metas varía entre administraciones.

En los últimos años ha ocurrido un fenómeno particularmente relevante: la sobreestimación de los ingresos fiscales. Es decir, se proyectaron ingresos mayores a los que realmente se materializaron. Cuando esos ingresos no se concretaron, en lugar de ajustar el gasto público —como correspondía— no hubo voluntad efectiva de hacerlo. En teoría, si los ingresos son menores a los esperados, el gasto debería ajustarse. Pero en la práctica eso no ocurrió. Se insistió en que no era posible recortar el gasto, y así se terminaron incumpliendo las metas fiscales en los últimos tres años.

Por eso, más allá de las cifras, lo que resulta determinante es la voluntad política y técnica de los ministros de Hacienda para cumplir efectivamente los compromisos fiscales. Sin esa voluntad, las metas pierden fuerza en la práctica.

Finalmente, creo importante agregar un elemento que muchas veces se omite en este debate. Así como la deuda pública ha aumentado en los últimos años, el país también ha reducido sus ahorros. Hoy contamos con menos recursos acumulados en el Fondo de Estabilización Económica y Social (FEES).

Esto es relevante porque dichos ahorros cumplen un rol clave: permiten enfrentar shocks futuros sin recurrir inmediatamente a mayor endeudamiento. En el pasado, las crisis recientes implicaron para Chile un ajuste del orden de 8 a 10 puntos del PIB, considerando deuda y uso de activos. Sin embargo, actualmente los activos disponibles equivalen a solo 1 punto del PIB. En simple, el espacio de respuesta fiscal ante una nueva crisis es mucho más acotado.

La sostenibilidad fiscal no es un concepto abstracto. El nivel actual de deuda, cercano al 45% del PIB, todavía puede considerarse prudente en comparación internacional. Pero lo relevante es que ese margen existe justamente para enfrentar contingencias futuras que, por definición, no sabemos cuándo ocurrirán. Ese espacio de reacción es parte del “seguro” que tiene el país.

Ahora bien, también es cierto que la posición relativa de Chile ha cambiado. En 2007 éramos uno de los países con menor deuda pública del mundo. Hoy, en cambio, nos hemos ido acercando a niveles comparables con economías similares, perdiendo esa ventaja histórica de bajo endeudamiento.

A esto se suma un costo no menor: el mayor nivel de deuda ha implicado que el país pague del orden de 4.500 millones de dólares anuales en intereses. Son recursos significativos que dejan de destinarse a políticas sociales, inversión o desarrollo.

Por eso, cuando se plantea que Chile puede endeudarse más, la respuesta es que, efectivamente, existe capacidad de endeudamiento. Pero esa decisión no es neutra. En los últimos años, además, el país ha ido perdiendo posiciones en las clasificadoras de riesgo, lo que en el tiempo se traduce en un mayor costo de financiamiento.

En definitiva, el desafío no es solo cuánto nos podemos endeudar, sino qué tan responsables somos en preservar el equilibrio entre deuda, crecimiento y capacidad real de respuesta ante las crisis que inevitablemente llegarán.


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa el diario.

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