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Los nortinos vieron partir el último tren de pasajeros desde Iquique a la Calera en 1975 y durante décadas hay voces que piden la vuelta de los ferrocarriles .Pero ahora la idea vuelve a tomar fuerza. Marco Enríquez-Ominami, en su campañas presidenciales, plantea un proyecto ferroviario que muchos ven como ambicioso, y otros como simplemente necesario.
Su mirada es clara: Chile está desconectado, y el norte aún más. La solución que propone son trenes de mediana y alta velocidad, no solo para pasajeros, sino también para carga. Dice que moverse entre ciudades debe ser un derecho, no un lujo, y que la infraestructura debe anticiparse al crecimiento, no seguirlo desde atrás.
Aunque el foco mediático se queda con su famoso “tren rápido Santiago-Concepción”, también habla de rutas nortinas: Arica-Iquique y Antofagasta-Calama, como parte de una red que integre al país de verdad.
¿Y de dónde sale la plata? Enríquez-Ominami propone licitaciones internacionales, uso responsable de deuda pública y el ya olvidado Fondo de Utilidades Tributarias (FUT). Una mezcla de creatividad presupuestaria y voluntad política.
Pero no es el único con esta idea. En abril de 2024, los gobernadores de Arica, Tarapacá y Antofagasta le entregan una carta al Presidente Boric pidiendo lo mismo: un ferrocarril interregional de 720 kilómetros que una a estas regiones golpeadas por el centralismo. En un país donde volar cuesta caro y las distancias son enormes, el tren aparece como una solución lógica, incluso urgente.
Hoy la discusión vuelve al debate público. Porque el norte no solo quiere carreteras y vuelos con escala. Quiere proyectos con visión de futuro. Un tren que atraviesa el desierto puede ser más que un medio de transporte: puede ser un gesto de integración, desarrollo y justicia territorial.













