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28

Jun

Límites del humor político en tiempos crispados

EL SOL DE IQUIQUE

La comedia siempre ha sido un espacio de incomodidad y crítica. Pero hay ocasiones en que lo gracioso cae en el terreno de lo inaceptable. Esta semana, el humorista chileno Arturo Ruiz-Tagle se convirtió en tendencia tras publicar un comentario que aludía al reciente nacimiento de la hija del presidente Gabriel Boric.

“¿Sabía usted que dicen que le llamó Violeta en honor a un ex subsecretario del Interior?”, escribió en X (ex Twitter), deslizando una insinuación cargada de doble sentido. La referencia apuntaba a Manuel Monsalve, exautoridad vinculada a denuncias por violencia sexual—algo nunca mencionado de forma directa, pero implícito en el tono.

El revuelo no tardó. Numerosos usuarios reaccionaron con indignación, calificando la publicación como “cobarde”, “misógina” o, simplemente, “repugnante”. No por censura ni por falta de sentido del humor, sino porque hay un consenso ético básico: las hijas e hijos no se tocan. Mucho menos una recién nacida.

Ruiz-Tagle finalmente borró el tuit y pidió disculpas: “Disculpas a los que se molestaron por el chiste. Lo bajé; ninguna niña inocente tiene culpa de nada”. También pidió bendiciones para la recién nacida y “luz para su padre”.

Más allá de la polémica puntual, el caso reabre una vieja discusión: ¿hasta dónde puede llegar el humor político? ¿Todo es materia de burla en democracia? ¿O hay límites implícitos cuando el humor deja de cuestionar al poder y se lanza, con sorna, sobre lo más vulnerable?

No es la primera vez que Ruiz-Tagle recurre al sarcasmo con carga política. Y tiene derecho a hacerlo. Pero cuando la ironía se convierte en agresión, cuando el blanco ya no es el poder sino una guagua recién nacida, el debate ya no es sobre humor, sino sobre humanidad.

En tiempos en que la crispación social escala y la conversación pública se vuelve cada vez más tóxica, tal vez sea momento de repensar no solo el contenido de nuestros chistes, sino también el lugar desde donde los lanzamos.

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