Este 10 de julio, mientras el frío aprieta en el sur, en Iquique Glorioso hay un viento helado y las noticias no dan tregua, los chilenos tenemos permiso para dejar el estrés de lado y celebrar como corresponde: ¡con una buena sopaipilla calentita! Ya sea pasada en chancaca, con pebre, solita o con palta, este clásico de invierno tiene su día oficial y no es por puro antojo.
El Día de la Sopaipilla se instauró para conmemorar la llegada de esta preparación a América en el siglo XVIII. Aunque muchos la sienten como 100% chilena, la verdad es que su origen es más viajado que mochila de mochilero: viene de la palabra árabe sopaipa, que significa “masa frita”, y fue traída por los españoles durante la colonización.
Con el tiempo, los ingredientes locales le dieron identidad propia. En la zona central se le agregó zapallo, en el sur se usa puré de papas, y en el norte se prepara sin zapallo, solo con harina, agua y manteca. Pero el verdadero sello chileno llegó con la versión pasada, bañada en chancaca con canela y cáscara de naranja. Ahí sí que se armó la fiesta.
PASADA
La sopaipilla no es solo un bocado: es memoria, calle, invierno y conversación. Se come en la casa, en la feria, en el carrito de la esquina, y hasta en eventos gourmet. Y aunque su origen no sea 100% chileno, la sopaipilla pasada sí lo es, y eso nos da derecho a celebrarla con orgullo y sin culpa.
Así que ya sabe: hoy no se cuenta calorías, se cuenta tradición. ¡A freír se ha dicho!













