
Los partidos políticos son, en esencia, vehículos de ideas. Nacen desde una visión del mundo, construyen una doctrina, la encarnan con programas y liderazgos, y la proponen a la ciudadanía con la promesa de coherencia entre principios y acción. Cuando un partido renuncia a sus principios para sobrevivir en el corto plazo, no solo pierde su identidad: traiciona a quienes alguna vez creyeron en él.
Eso es, lamentablemente, lo que estamos presenciando hoy en la Democracia Cristiana de Chile (DC). Un partido que fue piedra angular de la transición democrática, que levantó banderas de justicia social desde la dignidad de la persona humana, que creyó en una economía social de mercado equilibrada con un profundo sentido comunitario y cristiano, hoy ha optado por respaldar a una candidata presidencial del Partido Comunista, Jeannette Jara, cuya visión de país es incompatible con los fundamentos históricos de la DC.
La Democracia Cristiana chilena nace con principios inspirados en el humanismo cristiano. Su Declaración de Principios consagra la centralidad de la persona humana, la defensa de la democracia representativa, el pluralismo político, la economía solidaria y la subsidiariedad del Estado. El respeto por los derechos humanos y la oposición a toda forma de totalitarismo son pilares doctrinarios, no meras declaraciones decorativas.
¿Cómo, entonces, puede justificarse apoyar a una figura que no solo proviene de una colectividad que defendió -y en muchos casos aún justifica- regímenes autoritarios como el cubano o el venezolano, sino que además ha impulsado una reforma previsional que termina fortaleciendo las AFP en lugar de reformarlas estructuralmente? Como bien señaló el ex presidente de la DC, Ricardo Hormazábal, “Yo estoy en contra del continuismo de este gobierno. Si antes las AFP tenían un padre legítimo en José Piñera, hoy día tienen una madre adaptativa, que es la señora Jeannette Jara. Camaradas, estudien los temas. Este gobierno deja a las AFP más fuertes que nunca”.
El ahora ex presidente de la Democracia Cristiana, Alberto Undurraga, fue enfático durante el Congreso del partido frente a la opción de apoyar a Jeannette Jara, “Yo no comparto esa mirada, porque la experiencia reciente señala que, cuando se abandona nuestro electorado, este no nos sigue. Cuando se izquierdiza nuestro partido, el centro progresista no nos sigue. Es el caso de la decisión del primer plebiscito constitucional”.
Este juicio no solo es una constatación empírica, sino una advertencia estratégica: la Democracia Cristiana ha perdido terreno cada vez que ha renunciado a su identidad de centro humanista en favor de pactos o posturas más cercanas a la izquierda radical. En lugar de ampliar su base, ha alienado a su electorado histórico, debilitando su legitimidad y diluyendo su propuesta política. El giro ideológico, lejos de ser una renovación, ha sido una claudicación doctrinaria.
La reciente declaración del exalcalde de Recoleta, Daniel Jadue, en su programa de streaming Sin Maquillaje, debería alarmar profundamente a quienes valoran la democracia, el Estado de Derecho y las libertades civiles. Jadue afirmó, sin ambigüedades: “el soberano es el pueblo y por tanto el Estado de Derecho debe servir a los intereses del pueblo y cuando no sirve para garantizar los derechos esenciales, el pueblo tiene todo el derecho y la razón para pasarse por sobre el Estado de Derecho”.
Esta frase no es un simple exabrupto de campaña ni una provocación comunicacional. Es una declaración de principios que revela, sin disfraz, la matriz ideológica del Partido Comunista de Chile (PCCh), un partido que -según su propio estatuto vigente- se define como marxista-leninista, y que concibe la democracia liberal como una etapa transitoria que debe ser superada por una dictadura del proletariado, es decir, por un régimen donde el poder se concentra en un partido único y no en las instituciones representativas del pueblo.
Al interior de la falange la fractura interna es evidente. La renuncia de Alberto Undurraga a la presidencia del partido no es un gesto menor. Es la reacción ética de quien entiende que un partido no puede transformarse en una maquinaria electoral oportunista, dispuesta a cualquier acuerdo por mantener una bancada parlamentaria o algunos escaños. Su mensaje fue claro: cuando la DC se izquierdiza, su electorado no la sigue. Se va. Y tiene razón.
Lo que algunos plantean como “unidad progresista” o “resistencia al avance de la derecha” no puede ser una excusa para diluir los principios. Como advirtió Carmen Frei, “Aquí estamos discutiendo algo más que una decisión táctica, estamos hablando de la identidad política de la DC, de su proyección futura y de su responsabilidad con los miles de chilenos que nos han acompañado por generaciones”. Hoy nace un cuestionamiento, ¿La DC es un partido autónomo con visión de futuro o un vagón sin rumbo, aferrado al tren del oficialismo por miedo a desaparecer?
Ricardo Hormazábal expresidente de la falange, lo expresó sin ambages: “La DC no puede seguir en este camino segundón. La DC es, para mí, un proyecto de vida”. Además, agrego “¿Quieren tener de presidente a una persona que apoya a Cuba y a su sistema político? Váyanse al diablo (…). La DC no puede seguir en este camino segundón, la DC es, para mí, un proyecto de vida”.
¿Cómo se convierte en aliado de quien defiende dictaduras ideológicas, cuando la historia del partido está marcada por la lucha por la libertad frente a la tiranía, tanto de derecha como de izquierda?
Y sin embargo, voces como las del senador Francisco Huenchumilla quien afirmaba “Nos estamos jugando la supervivencia del partido. Si no hacemos las cosas bien hoy día, el partido va a desaparecer. Este partido viene en caída libre”. Así como la alcaldesa Claudia Pizarro “Desde mi punto de vista, queridos y queridas camaradas, debemos aceptar la invitación a ser parte de un gran proyecto para Chile”. Como también lo planteara la Senadora Yasna Provoste, “Creo que el camarada presidente (Alberto Undurraga) se equivoca al creer que el problema es de identidad doctrinaria o de pureza ideológica”. En sus palabras insisten en que se trata de pragmatismo político y la auto supervivencia. Que sin acuerdo parlamentario, la DC muere. ¿Pero de qué sirve sobrevivir sin alma? ¿Qué valor tiene seguir existiendo si se ha abandonado la raíz que dio sentido a décadas de lucha y construcción democrática?
No se trata de demonizar a Jeannette Jara, ni de reducir el debate a caricaturas ideológicas. Pero sí de exigir que las decisiones políticas respondan a principios. Y cuando una colectividad como la DC decide apoyar, sin condiciones programáticas claras ni segunda vuelta mediante, a una candidata del Partido Comunista, traiciona su propia historia.
Este apoyo no es una alianza programática madura ni una convergencia de valores: es una rendición. Y como en toda rendición, hay quienes se levantan dignamente para decir: “no en mi nombre”. Es lo que han hecho Undurraga, Hormazábal, Frei y tantos otros democratacristianos que aún creen que los valores no son mercancía de intercambio electoral.
La ciudadanía no necesita más partidos oportunistas. Necesita partidos que crean en algo, que lo defiendan con coraje y coherencia, incluso cuando eso implica asumir riesgos. La DC tenía en sus manos la posibilidad de reconstruir un centro político moderno, con vocación social, ética y republicana. Ha preferido convertirse en comparsa del oficialismo más ideologizado, vaciando su doctrina para mantenerse en el juego.
Quizás sobreviva unos años más. Pero no será la misma Democracia Cristiana que fundó Frei Montalva, que soñó Radomiro Tomic o que defendió la dignidad humana frente a los extremos. Será un cascarón vacío, útil para sumar “unos votitos”, como denunció Hormazábal. Pero no para construir el Chile justo y democrático que prometió.
En política, la coherencia cuesta. Pero la incoherencia se paga más caro: con el desprecio del pueblo y el olvido de la historia.
Para cerrar esta columna, quiero hacerlo con una frase del abogado, embajador y senador Radomiro Tomic Romero, uno de los grandes referentes del pensamiento democratacristiano:
“No son las flores las que dan vida a las plantas, sino las raíces las que nutren y hacen posible el brillo de las flores.”
Hoy, la Democracia Cristiana, al renunciar a sus raíces y principios fundacionales, no está floreciendo: está marchitándose. Al abandonar el ideario que la hizo relevante -el humanismo cristiano, el respeto por la democracia, la centralidad de la persona humana y la justicia social en libertad- solo está allanando el camino hacia su desintegración.
El retroceso es evidente. En 1989, la DC elegía 38 diputados de un total de 120, controlando el 32% de la cámara. Hoy, cuenta apenas con 7 representantes en una Cámara de 155, cayendo a un intrascendente 4,5%. La realidad es clara: cuando la Democracia Cristiana se izquierdiza, su electorado natural se aleja. Si el partido no comprende esta lección elemental, estará condenado no solo a la irrelevancia, sino a desaparecer como fuerza política con identidad propia. Las raíces no pueden ser reemplazadas por alianzas circunstanciales. Sin raíces, no hay futuro.
El Sol de Iquique no comparte necesariamente las opiniones de los invitados, panelistas, columnistas y conductores, porque en este medio todos pensamos diferente. Aunque no necesariamente.













