Por Rodrigo Longa
Chile ha sido testigo, una vez más, de cómo las convicciones ideológicas pueden ser sacrificadas en el altar de la conveniencia electoral. La candidata presidencial Jeannette Jara, militante histórica del Partido Comunista, ha sorprendido al país -y preocupado a no pocos dentro de su propia coalición- al anunciar, sin pudor, que se considera socialdemócrata, que no cree en la eliminación de las clases sociales y que la dictadura del proletariado es un concepto obsoleto. Lo dice con naturalidad, como si no fuera precisamente su partido el que, durante décadas, ha defendido esos postulados como parte esencial de su identidad. Solo hace algunas semanas en el congreso del partido comunista, se redefinieron como Marxistas Leninistas.
La pregunta no es menor: ¿Estamos ante una verdadera evolución política de Jara, o más bien ante un caso de travestismo ideológico, útil para captar votos de un electorado escéptico y cada vez más alejado de los extremos? Todo indica lo segundo.
El viraje es tan brusco como instrumental. Jara ha pasado de encarnar las demandas históricas del mundo popular, los sindicatos, y los movimientos sociales, a rodearse de economistas concertacionistas, como Luis Eduardo Escobar y Osvaldo Rosales, quienes ya han anunciado que el nuevo programa económico respetará la institucionalidad vigente, no propondrá reformas tributarias, buscará atraer al capital privado y dejará atrás promesas emblemáticas como el “salario vital” de $750 mil. Es decir, un ajuste completo del relato: de la transformación a la administración.
Este giro no solo desdibuja su candidatura, sino que evidencia una profunda crisis de autenticidad. Porque Jara no es una independiente pragmática, ni una socialdemócrata con pasado reformista: es militante del Partido Comunista de Chile, una colectividad que, al menos en su discurso formal, sigue postulando la superación del capitalismo, la propiedad social de los medios de producción, y la ruptura con el modelo neoliberal. Entonces, ¿qué queda de todo eso cuando su candidata se sienta a conversar con la Sofofa para pedir confianza al empresariado, y afirma que el crecimiento económico depende de “paz social” y “reglas claras”?
El problema no es solo el contenido de su nueva propuesta -que, en muchos aspectos, podría ser perfectamente suscrita por cualquier figura del Socialismo Democrático-, sino su origen. Este cambio no es el resultado de un proceso de debate interno en el PC, ni una revisión doctrinaria profunda. Es un giro táctico, destinado a desactivar el temor que genera su filiación comunista, ante una ciudadanía que asocia, con razón, al PC con rigidez ideológica, autoritarismo y modelos fracasados.
En lugar de asumir esa discusión de frente, el comando de Jara prefiere sustituir el programa anterior, tildado ahora de «siete páginas incómodas», por una fórmula que busca parecerse al modelo de la Concertación: crecimiento con responsabilidad fiscal, inversión privada como motor, exportaciones como pilar, diálogo social como solución. Un reciclaje tecnocrático que no incomoda a nadie, pero que tampoco representa ningún proyecto político coherente.
Más preocupante aún es la renuncia abierta al clivaje “élite-pueblo” que durante años ha sido el eje discursivo del Partido Comunista. Al definirse como socialdemócrata y hablar de “encantar al sector privado”, Jara se aleja del pueblo que decía representar. ¿Qué piensa la base comunista, los trabajadores, las juventudes que marcharon por transformaciones estructurales, al ver que su candidata ahora promete gobernabilidad, no cambios? ¿Es este el precio de la moderación o la evidencia de que la izquierda institucionalizada ha abandonado sus banderas en nombre de una gobernabilidad que no transforma nada?
La candidatura de Jeannette Jara está atrapada en una contradicción estructural: necesita parecer moderada para captar votos de centro, pero también debe fingir compromiso con las causas populares que la llevaron hasta donde está. Ese doble juego no es sostenible. Y lo sabe. Por eso se apresura a prometer estabilidad, mientras su comando desmantela cualquier vestigio del programa radical de la primaria. Pero en política, como en la vida, no se puede agradar a todos. Y quien intenta hacerlo, corre el riesgo de no representar a nadie.
Este giro, más que una estrategia, es una renuncia. Una renuncia a lo que decía defender. Una traición simbólica a los principios que -nos guste o no- definieron al Partido Comunista durante un siglo. Y con ello, Jara no solo desdibuja su candidatura: arrastra a su colectividad al cinismo. ¿Puede un partido que se construyó en la lucha de clases, que defendió a la Unión Soviética, que rechazó durante décadas el modelo de mercado, sostener sin vergüenza que su carta presidencial hoy es “socialdemócrata” y que cree en la economía de mercado?
Lo que está en juego no es solo una elección. Es la credibilidad. Porque cuando los discursos se vacían y las convicciones se diluyen en las encuestas, la política se vuelve mera gestión de percepciones. Y eso es exactamente lo que no necesita Chile en este momento. No más ambigüedad, no más travestismo ideológico, no más candidatos que ocultan lo que son para ganar.
Chile necesita liderazgos con coraje. Y eso comienza por no traicionar lo que uno ha sido toda la vida. Porque si Jeannette Jara ya no cree en la eliminación de las clases sociales, ni en el programa histórico de su partido, entonces que tenga la honestidad de dejar de ser comunista. Al menos, eso sería coherente.
Cerraré esta columna citando al militar y político francés Napoleón Bonaparte: “Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos”. Y es que, en política -como en la vida- la coherencia no es solo un valor, sino una brújula moral.
Cuando el discurso se divorcia de las convicciones, y las promesas se subordinan a la conveniencia del momento, lo que se erosiona no es solo la credibilidad de una candidatura, sino la fe ciudadana en la democracia misma. Defender lo que uno cree, incluso cuando eso incomoda o cuesta votos, es el primer acto de responsabilidad pública. Porque si los líderes no son capaces de sostener sus propias ideas, ¿cómo podemos esperar que defiendan las nuestras? La coherencia no es obstinación: es integridad. Y sin integridad, la política se convierte en simple espectáculo.
El Sol de Iquique no comparte necesariamente las opiniones de los invitados, panelistas, columnistas y conductores, porque en este medio todos pensamos diferente. Aunque no necesariamente.













