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11

Ago

Kast, Matthei y Jara: Tres campañas, un mismo error — hablarse entre ellas y no al país

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Rodrigo A. Longa Teran Cientista Político y Administrador Público Universidad Tecnológica Latinoamericana

Las campañas presidenciales chilenas del 2025 parecen más un estudio de laboratorio sobre estilos de conducción y arquitectura política que una competencia de ideas para y por el país. Kast, Matthei y Jara exhiben tres formas distintas de organizar sus comandos y “war rooms”, pero en todas se percibe una tensión común: la maquinaria electoral como fin en sí mismo, más preocupada de la ingeniería interna que de generar un relato coherente que conecte con la ciudadanía.

Kast: el bunker minimalista

En el caso de José Antonio Kast, el Partido Republicano ha optado por un comando reducido, hermético y vertical, encabezado en lo programático por abogada y directora de Ideas Republicanas Carmen Soza. Este enfoque minimalista, heredero de la desconfianza de Kast hacia grandes equipos, busca evitar los errores del 2021, cuando el extenso programa –más manifiesto ideológico que plan de gobierno– le abrió flancos irreparables en temas valóricos y de derechos.

El “nuevo Kast” apuesta a lo esencial: seguridad, economía, salud y ciertos tópicos sociales. El resto, simplemente, se omite. Esta economía de propuestas, sin embargo, tiene un doble filo. Por un lado, protege al candidato de polémicas innecesarias; por otro, corre el riesgo de ser percibida como superficial o insuficiente para enfrentar un país con demandas múltiples y complejas. Kast se expone a cuestionamientos por un programa excesivamente genérico y a la etiqueta, difícil de sacudir, de “carente de contenido”, generando una falta de distinción frente al actual gobierno.

Además, el núcleo cerrado y sin espacio para la disidencia refuerza la imagen de un liderazgo que administra más que conversa. Kast no está construyendo un “gabinete en espera”, sino una guardia pretoriana de profesionales leales. El peligro: que, llegado el gobierno, la falta de diversidad interna y debate crítico se traduzca en rigidez e incapacidad para adaptarse a crisis reales, abriendo la puerta al incómodo cuestionamiento sobre una eventual “ingobernabilidad estatal”.

Matthei: la estrategia de la tensión… y la unidad

La candidatura de Evelyn Matthei muestra un modelo opuesto: un comando amplio, con figuras políticas y empresariales, y con un publicista estrella, Daniel Pérez Pallares, que entiende que para llegar a segunda vuelta hay que marcar diferencias con Kast… pero sin quemar puentes. Su concepto de “estrategia de la tensión” no busca la guerra total, sino contrastar propuestas y atributos para movilizar a un electorado diverso.

El lema “A levantar Chile” apunta a la transversalidad, evocando la campaña del Rechazo de 2022, que logró unir sectores más allá de la derecha. Sin embargo, el comando de Matthei, presentaba en un inicio un “actuar errático” –con 11 voceros que nunca se lograron coordinar–, luego de varias reingenierías y fichajes a destiempo como Paula Daza y Juan Sutil, hoy enfrenta el riesgo de la dispersión: muchos actores con agendas propias, incorporaciones de último minuto y una candidata que, si bien experimentada, debe equilibrar la tensión electoral con la necesidad de proyectar gobernabilidad para subir en las encuesta, que hasta hoy le han sido esquivas.

Pérez Pallares parece tener claro que la política actual requiere campañas que hablen “en humano” y no en tecnocrático, pero el despliegue mediático y la multiplicación de voceros puede diluir el mensaje si no hay disciplina estratégica. El gran desafío será mantener la unidad sin caer en un discurso aguado que no logre diferenciarse de Kast… o que termine pareciendo un apéndice de él.

Jara: la improvisación como constante

En el oficialismo, la candidatura de Jeannette Jara está en terreno más frágil. La “semana negra” de traspiés ha revelado lo que muchos en el Socialismo Democrático temían: no hay diseño claro, el equipo no está afiatado y el relato brilla por su ausencia. Más que un war room, parece un comité improvisado que reacciona sobre la marcha.

Ocultar la militancia de Jeannette Jara ha sembrado desconfianza en el electorado. Que una candidata comunista desde los 14 años se presente como socialdemócrata no solo parece un intento de suavizar su perfil ideológico, sino que roza el engaño a la ciudadanía. Este tipo de disonancia entre identidad real y relato público no genera adhesión, sino recelo.

La falta de un relato estructurado no es un detalle técnico: en política, sin narrativa no hay brújula. Jara, que en el Ministerio del Trabajo mostró capacidad de gestión y negociación, no ha logrado traducir esas credenciales en una oferta presidencial con identidad propia. En un contexto donde Kast y Matthei ya están delimitando sus públicos y estrategias, el vacío narrativo del oficialismo amenaza con dejarla en tierra de nadie.

El problema no es solo comunicacional, sino político: un comando débil refleja un liderazgo que no ha logrado ordenar a las fuerzas que dice representar. Jara ha quedado sobreexpuesta tras desmarcarse o desconocer su propia propuesta de “nacionalizar el cobre y el litio” –incluido en su programa (Pag. 05 punto 10)– y enfrentar choques públicos con su jefe programático-económico, Luis Eduardo Escobar, quien consideró inalcanzable el salario vital de $750.000, irreal la meta de impulsar la demanda interna y deficientes las cifras de creación de empleo de su gestión como ministra, sentenciándolas como “Un Desastre”. En campaña, la percepción de improvisación suele ser más letal que cualquier error puntual.

La gran pregunta, entonces, es en qué cree realmente la izquierda: ¿en la franqueza de sus convicciones o en el camuflaje estratégico para ganar votos?

Campañas hacia adentro, ciudadanía hacia afuera

Kast, Matthei y Jara exhiben tres modelos de comando distintos –cerrado y minimalista; amplio y estratégico; disperso e improvisado–, pero todos comparten un vicio común: la prioridad está en el backstage, no en el escenario principal. Mientras los war rooms afinan tácticas, lo que recibe la ciudadanía son mensajes fragmentados, promesas genéricas y disputas entre comandos que parecen más interesadas en neutralizar al adversario que en explicar cómo van a gobernar.

En un año electoral donde el voto es obligatorio y la desafección política es alta, las campañas corren el riesgo de hablar entre ellas y no con el país. Y ahí, gane quien gane, la democracia pierde.

Cerraré esta columna citando al abogado, periodista y político mexicano Juan Bautista Morales: “Ninguna ciencia hay en que más se necesite saber la verdad, que en la de gobernar a los pueblos. En ella es preciso atender no sólo a las verdades teóricas, sino a las de hecho”. Y es que en política, la mentira y el ocultamiento de los verdaderos objetivos y militancias no son meros deslices: son una forma de fraude a la confianza pública. Cuando un candidato maquilla su ideología, esconde alianzas incómodas o disfraza su agenda, no solo erosiona la transparencia; priva al electorado de la información necesaria para decidir con libertad. En democracia, la verdad no es un lujo retórico: es la base sobre la cual se construye –o se derrumba– la legitimidad del poder.

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