En febrero de 1956, Julio Riquelme Ramírez, empleado bancario, abordó el mítico tren Longitudinal Norte —el “longino”— rumbo a Iquique. Viajaba desde Chillán para asistir al bautizo de su nieto, donde sería padrino. Llevaba consigo una canasta de mimbre con cocaví, y la ilusión de reconciliarse con su hijo. Pero nunca llegó. Solo apareció la canasta. Y luego, el silencio.
Pasaron cuarenta y tres años. En enero de 1999, unos trabajadores encontraron un esqueleto blanquísimo bajo el sol del desierto de Atacama, junto a objetos personales intactos: documentos, ropa, y la misma canasta. Era Julio Riquelme. Se había “empampado”: caído del tren, perdido en la inmensidad, tragado por la pampa.
El hallazgo generó confusión. Algunos pensaron que se trataba de un detenido desaparecido de la dictadura. Pero los papeles hablaban de otra época. Riquelme se había perdido mucho antes. Su historia no tenía tintes políticos, pero sí una carga simbólica brutal: la soledad, el abandono, la fragilidad del cuerpo frente al paisaje.
El periodista Francisco Mouat, entonces director de la Revista del Domingo de El Mercurio, se obsesionó con el caso. Lo convirtió en libro: El empampado Riquelme (2001), una mezcla de crónica, ensayo y búsqueda personal. Mouat rastreó documentos, entrevistó familiares, incluso habló con una vidente. Pero el misterio persistía.
¿Qué nos dice Riquelme hoy?
Su hijo, Ernesto, creyó por años que su padre los había abandonado. El hallazgo le reveló otra verdad: no fue abandono, fue accidente, fue destino. El libro no solo habla de Riquelme. Habla de todos los que desaparecen sin dejar huella, de las familias trizadas, del desierto como metáfora de la muerte, y de la palabra como único remedio.













