
La política chilena entra a su fase más decisiva de la última década. En menos de dos meses, los chilenos acudirán a las urnas para elegir al próximo Parlamento y definir el rumbo presidencial en primera vuelta. Lo que asoma no es solo una contienda electoral, sino un reflejo del cambio de época: de la efervescencia del “estallido social” a una ciudadanía que hoy prioriza orden, seguridad y estabilidad por sobre las promesas de transformación.
Los invito a realizar un análisis claro y objetivo: la izquierda llega a esta elección debilitada, fragmentada y desgastada por el ejercicio de gobierno. En 2021, la ola de cambio jugaba a su favor, con dos listas de tamaño similar que, pese a obtener menos votos que la derecha, lograron mayoría en la Cámara gracias a una arquitectura electoral favorable. Hoy el escenario es el inverso. La oposición –Chile Vamos y Republicanos– se presenta con dos listas competitivas en prácticamente todo el país, mientras el oficialismo acude dividido y con una segunda lista testimonial que erosiona su caudal. El resultado, podría ser una mayoría parlamentaria opositora, incluso en el Senado, donde históricamente la derecha ha debido conformarse con bloquear más que con gobernar.
La lectura presidencial no es menos elocuente. José Antonio Kast sigue siendo el candidato mejor posicionado para llegar a La Moneda, pero su camino no está libre de obstáculos. La irrupción de Evelyn Matthei, que brilló en el primer debate televisivo, representa una amenaza directa a su aspiración. Mientras la candidatura de Jeannette Jara –el rostro del PC en esta contienda– le permitía a Kast explotar el miedo a un giro comunista de la administración del estado. Un eventual paso de Matthei a segunda vuelta obligaría a disputar el electorado de centro y moderado en un terreno menos polarizado, donde Matthei juega con ventaja.
En paralelo, la política entrega símbolos que marcan ciclos. La inhabilitación de Daniel Jadue, no solo es el final de la carrera de un dirigente que encarnó el espíritu del octubrismo; es también el cierre de un capítulo. La caída de Jadue coincide con el derrumbe del relato refundacional y confirma que las instituciones chilenas –tan cuestionadas hace solo unos años– conservan la capacidad de frenar a quienes creen que la voluntad popular justifica pasar por encima de la ley.
Paradójico resulta el escenario que enfrenta Ximena Rincón: la misma senadora que aquel lejano 11 de marzo asistió al Congreso para respaldar a Isabel Allende en su asunción como presidenta del Senado –en un gesto de reconocimiento hacia una histórica figura de la izquierda– fue finalmente inhabilitada por una impugnación impulsada desde ese mismo sector político de izquierda.
La decisión del Tricel, que la dejó fuera de la papeleta senatorial por el Maule, no solo abrió un debate jurídico sobre los límites de la reelección, sino que también reveló las tensiones subterráneas entre la nueva fuerza de Demócratas y la ex Concertación, especialmente considerando el rol que jugó Rincón en la campaña del Rechazo y su posterior distanciamiento del oficialismo. Así, el episodio simboliza cómo las alianzas coyunturales pueden tornarse en duros enfrentamientos cuando los intereses electorales entran en juego.
Pero el dilema más profundo no está en la aritmética parlamentaria ni en la caída de viejos liderazgos. Como advertencia, Kast podría llegar a la presidencia sin lograr gobernar. Chile no está polarizado ideológicamente, pero sí afectivamente: la crispación social, alimentada por redes sociales y liderazgos que privilegian la confrontación, amenaza con transformar cualquier mandato en un campo de batalla. Si Kast persevera en el discurso de “ellos contra nosotros”, corre el riesgo de repetir el destino de gobiernos que, como el de Boric en sus primeros años, no logran ser presidentes de todos los chilenos.
El país necesita orden, pero no a cualquier precio. La experiencia de Javier Milei en Argentina es un recordatorio de que los populismos de derecha pueden ser tan dañinos como los extravíos de izquierda. Chile debe evitar que la demanda de seguridad se convierta en una licencia para debilitar las libertades o dinamitar los puentes del diálogo. El verdadero desafío no es solo quién gane en noviembre o diciembre, sino si el próximo presidente –sea Kast, Matthei o cualquier otro– tendrá la grandeza de gobernar con moderación, respetando la diversidad y reconstruyendo confianzas.
Porque después de los bandazos de los últimos años, el país no necesita un caudillo que encarne las frustraciones de su tribu, sino un líder que entienda que, en democracia, gobernar es mucho más que vencer: es unir.
Terminaré esta columna recordando las palabras del tercer presidente y padre fundador de Estados Unidos, Thomas Jefferson: “El futuro, al igual que la estabilidad, no es algo que se pueda dar, se tiene que construir”.
Esta frase, tan simple como poderosa, nos invita a mirar más allá de la comodidad del presente y a asumir nuestra responsabilidad en el mañana. Nada está garantizado: ni el progreso, ni la paz, ni el bienestar. Cada avance, cada logro, cada cambio positivo requiere valentía, esfuerzo y convicción. El futuro no llega por casualidad, se levanta con las manos, con las decisiones y con la esperanza de quienes creen que es posible un país mejor. Hoy, más que nunca, esa tarea es nuestra.













