
La cadena nacional del Presidente Gabriel Boric, destinada originalmente a presentar el Presupuesto 2026, al parecer terminó convertida en una trinchera política. El Mandatario, en un acto quizás inédito y desafortunado, decidió usar el espacio institucional más solemne del país para arremeter directamente contra un candidato presidencial: José Antonio Kast. No con nombre y apellido, pero sí con una alusión tan transparente que el destinatario no necesitó interpretación alguna.
El resultado fue exactamente el contrario al buscado. En lugar de instalar el debate sobre el presupuesto, el Presidente Boric abrió una pelea que podríamos decir que debilitó la investidura presidencial, creo que reforzó el protagonismo de Kast y, de paso, opacó a su propia candidata, Jeannette Jara.
Hay en esta decisión un doble error. Primero, de forma: una cadena nacional sobre la ley de presupuesto no es un acto partidario, sino un ejercicio republicano de informar al pais. Es el momento en que el Jefe de Estado habla a todos los chilenos, no como militante, sino como Presidente. Confundir ambos roles no solo banaliza la figura presidencial, sino que erosiona la confianza en la neutralidad del Estado durante un proceso electoral.
Y segundo, de fondo: al atacar a Kast, Boric lo instaló como su interlocutor principal, como el opositor real del régimen, desplazando a Jara al margen del tablero. El efecto simbólico fue inmediato: Kast versus Boric, continuidad versus ruptura. La candidata oficialista quedó, otra vez, atrapada en la sombra del gobierno.
Incluso en su propio sector, las críticas no se hicieron esperar. José Toro, secretario general del PPD, fue claro: “El Presidente cometió un craso error”. Y ¿saben? tiene toda la razón. En política, el contexto lo es todo. A menos de dos meses de una elección presidencial abierta y volátil, donde Jara intenta desprenderse del desgaste del Ejecutivo, Boric eligió un mal momento para entrar al barro electoral.
El Presidente no solo tensionó la línea que separa su rol institucional de la contingencia partidaria, sino que también mostró algo que considero: una incomprensión del fenómeno político que enfrenta. Kast no se debilita con ataques frontales del poder; se alimenta de ellos. Cada vez que Boric lo confronta desde La Moneda, el republicano refuerza su relato de outsider perseguido por la élite progresista.
Y mientras tanto, la candidata de gobierno –que ha intentado diferenciarse con prudencia, moderando el discurso del PC y tomando distancia de ciertos errores ministeriales– queda amarrada al destino de una administración que parece podría hundirse en su propio desgaste.
Mientras el presidente del Partido Republicano, Arturo Squella, adoptó un tono sereno pero firme frente a la controversia desatada por el Presidente Boric, dejando en claro que su sector no rehúye el debate fiscal y que está dispuesto a discutir en el Congreso la propuesta de José Antonio Kast de reducir el gasto público en US$6.000 millones. Lo relevante, dijo, es hacerlo con responsabilidad, priorizando el buen uso de los recursos y eliminando gastos improductivos, no afectando derechos sociales. En esa línea, reafirmó que la Pensión Garantizada Universal (PGU) no se tocará, desmontando el argumento del Ejecutivo que intentó instalar el temor de un eventual recorte a los adultos mayores.
Pero su crítica más dura apuntó al propio Mandatario: calificó como “inmoral” que Boric utilizara una cadena nacional –un espacio reservado al Estado, no a la política partidista– para intervenir en plena campaña presidencial, y tiene toda la razón. En palabras de Squella, el Presidente “le hace un daño enorme a la institucionalidad” al convertir un acto republicano en una operación electoral, una acusación que resonó incluso entre voces moderadas del oficialismo.
Pero el daño no termina ahí. La decisión de Boric de no incluir una glosa republicana –ese margen de libre disposición que todo Presidente ha dejado a su sucesor desde los tiempos de Ricardo Lagos– revela una mirada mezquina y temerosa del relevo democrático. Una administración que llegó prometiendo una “nueva forma de gobernar” ahora parece aferrarse al poder hasta el último peso del erario público.
La cadena nacional del Presupuesto 2026 debió ser un acto de altura, un cierre de ciclo con visión de país. En cambio, fue un acto pequeño, de cálculo electoral. Boric perdió una oportunidad histórica de mostrar que, a pesar de las diferencias políticas, su mandato podía terminar con dignidad y sentido de Estado.
La ciudadanía no necesita presidentes que discutan con candidatos; necesita líderes que gobiernen.
Y en eso, lamentablemente, el Presidente Boric volvió a fallar.
Cerraré esta columna con la sabia advertencia del decimosexto presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln: “Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios.”
Quizás el Presidente Boric debió recordarlo antes de usar la cadena nacional como escenario de campaña. Su intervencionismo electoral parece que no solo fractura la esencia republicana del cargo que ostenta, sino que pone en riesgo lo que aún quedaba de confianza en la neutralidad del Estado. En tiempos donde la política clama por grandeza, el Presidente eligió el cálculo. La historia no recuerda a quienes gritan más fuerte, sino a quienes tienen la templanza de guardar silencio cuando la patria lo exige. Porque a veces, señor Presidente, el verdadero liderazgo consiste en callar para no dañar aquello que se jura defender.
En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa el diario.













