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07

Dic

A dos semanas de la Tragedia de la Esc. Santa María | Nelson Mondaca I.

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Nelson C. Mondaca Ijalba nmonijalba@gmail.com

Sí, estamos próximos a cumplir 118 años de los trágicos acontecimientos de los hechos históricos sucedidos un 21 de diciembre de 1907. Ha transcurrido más de un siglo y un cuarto de siglo XXI va marcando esa triste realidad conocida como la Matanza de los Obreros Pampinos de la Escuela Santa María.

Qué es un siglo en el tiempo. Puede ser mucho, pero en la historia de la humanidad, tal vez, sea como un “abrir y cerrar de ojos”. Es decir, apenas un suspiro. Es como abrir un libro de Aristóteles, por ejemplo, Obras Inmortales de 739 páginas y estamos en su primera página y en su primera línea.

Mantener viva esta memoria no ha sido nada de fácil. Desde los inicios de los 1900, hasta nuestros días, los mismos intereses económicos y políticos, que de alguna manera hoy en día, son los continuadores para sepultar esas atroces verdades.

Por esta razón, deseo expresar la gratitud del pueblo a los profesores, investigadores, historiadores, periodistas, novelistas y artistas. Ellos han dedicado sus vidas, parte de su trabajo, un tiempo valioso en rescatar y divulgar culturalmente los hechos que se plasman en obras claves para la historia social de nuestro país.

El movimiento de los obreros pampinos de 1907 fue épico, noble y heroico. Desde el desierto más árido de la región de Tarapacá, hay cientos de kilómetros de distancia hacia nuestra ciudad. Se trasladaron de todas las oficinas salitreras, familias completas, los pampinos obreros a pie y por diversos medios llegaron a Iquique. La ciudad les brindó hospedaje y solidaridad.

En aquella época de la edad del oro blanco, llegaron hasta estas tierras buscando un futuro mejor, chilenos provenientes del campo y del sur del país. Les prometieron riquezas. Los engancharon al norte de Chile. La noticia de la explotación del salitre también se extendió a peruanos, bolivianos y hasta argentinos. Una gama de nacionalidades impresionante.

No pasemos por alto que la Guerra del Pacífico fue una guerra por el salitre. Chile también extendió sus fronteras y se apoderó de Arica, Iquique y Antofagasta. En este escenario, para los dueños del poder central en la cima de la explotación del salitre, les era relativamente fácil la utilización de los estados de excepción para imponer sus designios. Tierras recién conquistadas. El erario nacional se sostenía gracias a la exportación del salitre. Instrumentalizaron el poder militar para imponer por la fuerza la defensa de los dueños de las salitreras, principalmente ingleses, quienes tenían vínculos con las autoridades del gobierno de Pedro Montt.

Hace unos días tuve entre mis manos un pequeño libro titulado “Y no eran 3,600”; el autor para mí, sin ofender, un desconocido. El desarrollo del escrito era para denostar el trabajo de Luis Advis como creador de la Cantata de la Escuela Santa María. El escritor fue más allá, atacando a Víctor Jara y a otros exponentes del canto popular. Aquí se puede desprender que nace el odio ilustrado y manipulador del pensamiento político.

Amigos/as, la Masacre de la Escuela Santa María no es para sacar provecho partidista o político. Tampoco es para magnificar la envergadura del genocidio de civiles. Como si se tratara de un asunto de números, es decir, muertos más o menos.

No, no y no. Aquí el problema de fondo se anida en el comportamiento del Estado ante las demandas sociales. Ese es el problema y la cuestión de fondo. Interesa saber cómo nuestras instituciones y autoridades son capaces de resolver problemas y soluciones ante manifestaciones no violentas y demandas por la vía pacífica. Hacer cumplir la ley es cosa diferente a considerar “enemigos” a quienes se movilizan por sus legítimas demandas. No se puede considerar “enemigo” al trabajador y hay que liquidarlos a punta de balas, quitándoles la vida.

En la Escuela Santa María, según el general Silva Renard, bajo la tutela jerárquica del intendente Carlos Eastman Cox, dio la orden de disparar ametralladoras y fusiles. Según parte oficial, fueron 126 los muertos. Mientras en los cementerios se contabilizaban otros cientos de difuntos por balas. Más todos los que no fueron a parar al hospital y/o desaparecieron en el trayecto de su detención.

La lista es larga, pueden ser más o menos. Tal vez mil o miles. Lo que escribo, por si acaso, lo hago con todo respeto a nuestras FF.AA. y tengo un gran aprecio a su función en nuestra terremoteada historia.

Las personas que murieron en esta tragedia por el accionar del Estado y sus fuerzas militares, creo que nunca sabremos. Lo digo con plena tristeza: nunca sabremos el número total de esta matanza obrera, de sus esposas, de jóvenes adolescentes y niños. ¡Terrible!

Al contemplar las imágenes, las fotografías de la época nos retratan un mar inmenso de pampinos. Nuestra ciudad pequeña y en efervescencia del oro blanco era el teatro principal de su encanto por la vida justa y del milagro divino.

Por esas cosas que tiene el destino, el Registro Civil de Iquique, en sus anotaciones de aquellos tiempos, tiene identificadas a las personas y su nacionalidad, víctimas del holocausto pampino. En verdad, es grandioso conocer los nombres de esas personas. No son simples números y personas anónimas. Pienso que sería bueno tener un pergamino con todos ellos en cada sede de los trabajadores/as. Un homenaje que tiene gran valor moral y cristiano. Su causa sigue viva: ¡Más justicia y bienestar social!

Los trabajadores/as tienen que saber elegir a sus autoridades. No pueden equivocarse. Estamos próximos a la elección presidencial período 2026-2030. De nosotros depende quién será la persona que dirija los destinos de Chile. Entonces, manos a la obra y no defraudemos la memoria y la dignidad de los mártires de la Escuela Santa María.

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