Por J.L.
Hubo una época en que Chile, así tal cual, decidió que una de sus mejores voces era “yeta”. Sí, “yeta”, como si estuviéramos en un sketch y no en un país que presume de cultura. A Palmenia Pizarro le colgaron ese cartel después de un accidente carretero en el que ni siquiera viajaba. Pero ya sabemos cómo funciona el rumor cuando encuentra orejas dispuestas: corre más rápido que la verdad.
El cuento se agrandó al año siguiente, cuando en un show en la Tortuga de Talcahuano un espectador cayó desde las graderías. Y claro, como Palmenia había cantado ahí, la culpa —otra vez— para ella. Chile, experto en buscar culpables fáciles, encontró su chivo expiatorio.
Y en medio de ese caldo de supersticiones apareció un personaje clave: Mario Kreutzberger, Don Francisco. El animador más influyente del país, el rostro de la Teletón, el hombre que durante décadas inspiró a millones con su cruzada solidaria. Pero en los setenta y ochenta, cuando su figura era prácticamente intocable, también tuvo un lado menos luminoso.

Según la propia Palmenia, él tomó el mito y lo amplificó. En Sábado Gigante cruzaba los dedos cuando alguien cantaba una canción suya, hacía gestos de rechazo, alimentaba la idea de que ella traía mala suerte. Y cuando el hombre más poderoso de la televisión hace un gesto, el resto del ambiente lo copia sin pensarlo dos veces. La burla se volvió rutina. El vacío, costumbre.
“Fue el que más me lastimó… nunca me pidió disculpas”, dijo Palmenia años después, ya retirada. Y duele escucharlo, porque mientras él levantaba la Teletón —una obra que marcó a Chile y que nadie puede desconocer—, ella se hundía en una depresión profunda. Se sintió humillada, expulsada de su propio país. Incluso pensó en quitarse la vida.
Al final, tomó la decisión más dura: irse. Y México la recibió como Chile no supo hacerlo. Allá no era “la yeta”. Allá era la señora de la canción, la artista que llenaba teatros, la voz que emocionaba sin prejuicios. Allá la escucharon. Allá la abrazaron. Allá floreció.

Mientras aquí repetían supersticiones, allá le devolvieron la dignidad.
Décadas después, Palmenia volvió. No para cobrar cuentas, sino para cantar. Para demostrar que su talento sobrevivió a la crueldad. Para recordarnos que la memoria también puede reparar.
Porque la mala suerte nunca fue ella. La mala suerte fue la incapacidad de verla.
Y el lado oscuro no estaba en Palmenia, sino en quienes prefirieron creer en un mito antes que en una artista.













