Hoy celebramos el Día de las Palomitas de Maíz, pero en Chile —como siempre— decidimos ponerle nuestro propio sello lingüístico y bautizarlas con un nombre que solo acá podría tener sentido: cabritas. Sí, cabritas. No porque vengan con leche, ni porque hagan “meee”, sino por una historia que mezcla creatividad, oído popular y un toque de humor involuntario.
Los pueblos originarios de América ya reventaban granos de maíz hace miles de años. Los arqueólogos han encontrado restos de popcorn en Perú de más de 6.000 años. O sea, mientras nosotros peleamos por el control remoto, ellos ya estaban disfrutando su versión prehistórica del combo XL.
Cómo se llaman en otros países (spoiler: nadie se pone de acuerdo)
- Argentina: pochoclo (suena a Pokémon, pero no lo es).
- Uruguay: pororó (onomatopeya nivel experto).
- México: palomitas (los más clásicos).
- Colombia: crispetas.
- Venezuela: cotufas (nombre adorable, digno de mascota).
- España: palomitas o rosetas.
- Perú: canchita.
- Bolivia: pipocas.
¿Y por qué en Chile les decimos “cabritas”?
En los años 40 y 50, cuando los cines empezaron a vender popcorn, muchos locales usaban máquinas importadas de Estados Unidos.
Las máquinas tenían un cartel que decía “popcorn”, pero el oído chileno —que nunca ha sido tímido para reinterpretar palabras— escuchó algo así como “pop-corn… pop-corn… cabritas”.
Otra teoría, igual de pintoresca, dice que el maíz al reventar “salta como cabrita chica”.
Y una tercera versión apunta a que en algunos lugares se vendían como “cabritas de maíz”, usando “cabrita” como diminutivo cariñoso, muy al estilo chileno.
Sea cual sea la verdadera, todas tienen algo en común: ninguna tiene lógica, pero todas tienen encanto. Y así quedó para siempre.
Las cabritas son el snack democrático por excelencia: baratas, ruidosas, adictivas y capaces de arruinar cualquier escena dramática si las comes demasiado fuerte.
Pero también son parte de nuestra identidad: un chilenismo que sobrevivió a la globalización, al multiplex y al cine 4D.
Así que hoy, 19 de enero, celebremos a las cabritas, esas pequeñas explosiones de felicidad que nos acompañan en el cine, en la casa y en cualquier momento en que necesitamos sentir que la vida tiene un poquito de sabor a mantequilla.













