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26

Ene

José Antonio Kast: un gobierno en modo emergencia y una oposición en modo consigna | Rodrigo A. Longa T.

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Rodrigo A. Longa Teran
Cientista Político y Administrador Público
Universidad Tecnológica Latinoamericana

José Antonio Kast no presentó un gabinete “para administrar”, sino para intervenir. Cuando él mismo instala la idea de una “emergencia” como marco político —y arma un equipo con perfiles duros en orden público y un sello ideológico marcado en áreas culturales— lo que está diciendo, en simple, es que gobernará como si el país estuviera en modo crisis. Y ese no es un giro retórico: es la arquitectura completa de su llegada a La Moneda el 11 de marzo de 2026.

En un gobierno de emergencia, el poder se mide por capacidad de choque: rapidez, disciplina, control del conflicto y una narrativa que lo justifique todo (“no hay tiempo”, “la situación no da para matices”). Ahí es donde la oposición se define: puede ser un contrapeso inteligente… o convertirse en combustible para el propio gobierno.

Judith Marín: la ministra de la Mujer conservadora y la izquierda que busca la confrontación. La crítica descarnada a Judith Marín en el Ministerio de la Mujer no nace de un tecnicismo: nace de lo evidente. Su perfil es abiertamente conservador y su historial público la ubica en la vereda contraria del enfoque de derechos que, guste o no, ha marcado la trayectoria institucional reciente de este ministerio. La discusión sobre aborto y políticas de género no es “un tema más”: siempre ha sido un campo minado.

Pero aquí está el punto incómodo para la izquierda: la crítica pierde eficacia cuando se vuelve linchamiento automático. Porque no solo no convence a quienes ya votaron por Kast: además le regala al gobierno el libreto perfecto (“los atacan por sus creencias”, “no toleran diversidad”, etc.). El efecto puede ser perverso: en vez de obligar a Marín a compromisos medibles (presupuesto, programas, indicadores de violencia, protección laboral), que sería lo esperable de una coalición antagonista con un proyecto claro, la oposición se queda en el grito… y el gobierno se queda con el control de la escena.

Y la ciudadanía —que no vive en Twitter ni milita en trincheras ideológicas— ya entregó una señal clara: una encuesta mostró una evaluación mayoritariamente negativa frente a su nombramiento (51% lo considera un error). Ese dato debiera empujar a una crítica inteligente, estratégica y con foco en resultados, no a una reacción histérica ni testimonial. Esto es política real, no una performance moral: aquí se gobierna un país, no una feria de consignas.

Trinidad Steinert: la ministra de Seguridad con “sentido común” que la gente sí está premiando. En contraste, frente a la otrora fiscal regional de Tarapacá Trinidad Steinert ocurre lo opuesto: la calle no discute su biografía ideológica, sino su “utilidad” práctica. Proviene de la persecución penal, con un relato asociado al crimen organizado y casos de alto impacto (incluido Tren de Aragua, redes de narcotráfico y causas sensibles en el norte). Eso encaja con el mandato emocional del electorado de Kast: orden primero, discusión después.

Y la señal de apoyo ciudadano existe y es fuerte: la misma medición que castiga a Marín respaldó mayoritariamente a Steinert (57% apoya su designación).

Este contraste es duro para la izquierda: cuando se opone “por reflejo o por dogma”, termina peleando contra una ministra que la gente percibe como una buena respuesta a un problema real, no dialéctico. Es el tipo de error que transforma a la oposición en minoría moralista: muy intensa, pero poco influyente.

Cuando la crítica de la izquierda al gabinete es “a todo evento”, cuando todo es “indignante”, cuando todo es “nefasto”, nada es indignante ni nefasto. La izquierda ya empezó con el catálogo clásico: “retroceso”, “amenaza”, “extremo”, “pinochetismo”, etc. Parte de eso tiene sustento, porque hay nombramientos que objetivamente cargan símbolos pesados (y el propio análisis de prensa lo ha subrayado).

Pero una cosa es advertir riesgos, y otra es convertir cada designación en una batalla moral total. En un “gobierno de emergencia”, Kast necesita un adversario que parezca desordenado para justificar el orden duro. Si la oposición actúa como barra brava, el gobierno no solo resiste: se fortalece.

Incluso dentro de la izquierda hay diagnóstico de deterioro. En estos días se ha escrito que la respuesta al gabinete ha sido “más descalificadora que analítica”, reflejando una crisis de proyecto y de tono.

Jaime Sáez y el misil al Socialismo Democrático: “partidos en declive”. La frase del diputado Jaime Sáez (Frente Amplio) no fue un exabrupto: fue una señal doctrinaria. Llamar al Socialismo Democrático “partidos en declive” es avisar tres cosas: (1) que el FA pretende disputar la conducción de la oposición, (2) que la centroizquierda tradicional será tratada como un estorbo, no como un socio, y (3) que se retoma el relato de los 30 años.

Esto empuja a una oposición fracturada: por un lado, un bloque que buscará acuerdos tácticos o institucionalidad parlamentaria; por otro, un bloque que apostará a la confrontación identitaria. Ya hay señales explícitas de que la oposición se organizará en más de un eje.

¿Cómo actuará la izquierda, cuál es el riesgo de una oposición intransigente y cuál será su rumbo probable? Todo indica que la izquierda, golpeada por la derrota y por su propia fragmentación, intentará recuperar energía por el camino más rápido: oposición intransigente identitaria.

¿Cómo se ve eso en la práctica?
– Blancos simbólicos: convertir a Marín y otros ministerios “culturales” en trincheras permanentes para mantener movilizada a la base.
– Seguridad como trampa: criticar cada medida dura de Steinert, aun cuando haya apoyo social, hasta que la crítica se parezca a defensa corporativa del “status quo” que la gente ya repudió.
– Oposición por competencia interna: el FA disparando al Socialismo Democrático para liderar “la épica”, mientras el Socialismo Democrático intenta diferenciarse del FA/PC para no hundirse con ellos.
– Movilización como sustituto de propuesta: presión callejera, consignas máximas y una narrativa de “resistencia” que cohesiona, pero no construye mayorías.

¿El rumbo? Si la izquierda insiste en la intransigencia como reflejo, terminará encerrada en una paradoja: mientras más “pura” se crea, más funcional será al gobierno de emergencia. Porque Kast gobernará mejor si logra instalar que su alternativa no es una oposición responsable, sino el retorno del desorden.

Como dicta el manual, volverá inevitablemente el diccionario clásico de la izquierda radical intransigente: un repertorio de palabras que no busca describir la realidad, sino encuadrarla moralmente, con conceptos de significado vago pero emocionalmente cargados. Un lenguaje útil para sostener identidades y trincheras simbólicas, pero que no ofrece respuestas concretas a los problemas reales del país.

La oposición inteligente no es la que grita más fuerte, sino la que incomoda de verdad: la que obliga al gobierno a rendir cuentas con cifras, metas, plazos y costos políticos reales. Sin ese giro estratégico, lo que viene no es solo una oposición dura, sino una oposición estéril, fragmentada y condenada a hablarse a sí misma, que —una vez más— despertará sorprendida al constatar que el país real no la sigue.

Porque la verdad incómoda no es que la ciudadanía no entienda sus consignas: es que la ciudadanía está pidiendo algo distinto: seguridad para vivir sin miedo, administración para que el Estado funcione, rumbo claro para saber hacia dónde va Chile y trabajo para construir futuro. Y eso, hoy, no lo está ofreciendo la izquierda; lo ofrece la derecha.


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.

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