ALE.
Mientras en la Quinta seguimos sobreviviendo a rutinas que envejecen más rápido que un filtro de Instagram, hay un contraste que se repite cada vez que Chile pone a dos humoristas frente al espejo: Dino Gordillo y Bombo Fica.
Y créanme, desde acá, con el viento del mar y el feminismo bien puesto, la diferencia se ve clarita.
Dino Gordillo sigue apostando por el humor de suegras, matrimonios y chistes que quedaron atrapados en los años noventa. Pero lo que más ruido hace no es su rutina, sino su capacidad para esquivar temas incómodos con la precisión de alguien que ya tiene práctica. En la conversación pública sigue rondando la acusación de supuesto abuso surgida en el Festival de la Naranja hace unos días. No hubo condena, y sí, recibió apoyo público de Julio César Rodríguez, pero la sombra quedó instalada. Y eso, para quienes cubrimos espectáculos con perspectiva de género, no pasa piola.
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Mientras tanto, Chilevisión parece empeñado en blanquear su imagen, invitándolo una y otra vez, como si fuera ese tío que todos saben que mete la pata, pero igual lo sientan en la mesa. Y aun así, Gordillo se las arregla para complicarse solo.
En el Festival de la Comedia, emitido el martes, dejó caer la frase: “Primero fue el COVID, después el Boric”, dejando claro que la neutralidad no es precisamente su estilo.
Y por si fuera poco, remató con un chiste sobre una guagua haitiana que rozó la xenofobia.
Bombo Fica, en cambio, juega otra liga. Él no oculta nada.
Es comunista, lo dice, lo exagera, lo convierte en parte del personaje. Su humor es largo, político, lleno de metáforas y mensajes que no están tan escondidos como él cree. Es como escuchar un discurso del partido, pero con remate.
Mientras Dino intenta parecer neutral, Bombo Fica hace lo contrario: se ríe de su postura, la abraza, la convierte en espectáculo. Y el público lo acepta porque sabe exactamente a lo que va: historias eternas donde viaja a China, recuerda a sus amigos y vuelve siempre a Purén, su ciudad natal.
Dino Gordillo representa a un Chile que quiere que todo siga igual, que prefiere el chiste rápido, sin reflexión, aunque a veces se le escape un comentario que envejece peor que la moda del 2000.
Bombo Fica representa a un Chile que quiere reírse mientras critica, que disfruta el palo político disfrazado de anécdota.
Uno oculta su postura, el otro la convierte en bandera. Uno evita hablar del pasado, el otro lo usa como parte del show. Y Chile, que es experto en convivir con contradicciones, los aplaude igual… aunque no siempre por las mismas razones.













