
Cientista Político y Administrador Público
Universidad Tecnológica Latinoamericana
“En las sociedades contemporáneas no hay orden ni seguridad estables sino sobre la base del consenso racional fundado en la justicia”.
Patricio Aylwin Azócar
Chile cambió más rápido de lo que una parte de la izquierda quiso aceptar. Cambió en sus prioridades, en sus temores, en su paciencia y también en su lenguaje. Lo que hoy vemos no es solo el fin del gobierno de Gabriel Boric ni el inicio del gobierno de José Antonio Kast. Es algo más profundo: el derrumbe de un relato y el ascenso de otro. Uno prometió transformación estructural y terminó administrando límites; el otro ofrece orden, disciplina y símbolos de autoridad en un país cansado del desorden y del discurso grandilocuente.
Boric y sus promesas no cumplidas
El problema de Gabriel Boric no fue cambiar de opinión. Gobernar obliga a corregir, matizar y negociar. El problema fue haber prometido como dirigente estudiantil y haber gobernado como administrador tardío. Su programa ofreció condonación universal de las deudas estudiantiles, refundación de las policías y eliminación de la figura del delegado presidencial. Ya en el gobierno, anunció que con su reforma previsional “las AFP se terminaban”.
Pero al final de su mandato, el FES no equivalía a una condonación universal inmediata —el propio Ejecutivo habló de 75 mil beneficiados como punto de partida—, las AFP no desaparecieron en la reforma aprobada, la refundación policial mutó a una lógica de reforma y respaldo institucional, y los delegados presidenciales siguieron existiendo.
A eso se sumó un giro político que minó la credibilidad del proyecto original. Boric pasó de respaldar retiros previsionales a oponerse al quinto; de un discurso duro contra Piñera a reconocerlo luego como demócrata; y de una postura más permisiva frente a la migración irregular a una advertencia tajante: regularizarse o irse. El punto no es negar que la realidad obliga a madurar; el punto es que millones sintieron que se les vendió una épica refundacional que terminó convertida en pedagogía de la resignación. Ahí se incubó una frustración que la derecha leyó mejor que la izquierda.
Boric deja avances e institucionalidad funcionando. Pero políticamente deja algo más decisivo: la prueba de que no basta con tener razón moral si no se tiene eficacia material. El propio balance del cierre de ciclo en la izquierda reconoció que el gobierno no logró ser percibido como eficaz en seguridad, pese a las leyes aprobadas. Y en política democrática, la percepción importa tanto como la intención.
Manouchehri, Gumucio y la batalla de los símbolos
La reacción del diputado Daniel Manouchehri contra María Pía Adriasola por servir comida en La Moneda sin los implementos sanitarios que él considera básicos revela un problema mayor que el episodio mismo. Sí: la manipulación de alimentos está sujeta a reglas de higiene y el reglamento sanitario contempla precauciones y uso de ropa protectora. Sí: oficiar a Contraloría y a la Seremi puede ser formalmente defendible. Pero políticamente, abrir la oposición con una bandeja, un mandil y una denuncia por cubrepelo es una señal de desconexión con el clima social. Mientras una parte del país pregunta por crimen, empleo, fronteras y listas de espera, otra parte de la oposición parece decidida a inaugurar su estrategia en la superficie del gesto.
Ahí entra Rafael Gumucio, aunque no necesariamente del modo en que sus críticos quisieran. En su columna “Súper Pía”, no describe a Adriasola como una patrona jugando a la humildad, sino como una figura en misión, casi evangelizadora, movida por una convicción total más que por un ceremonial de palacio. Esa lectura dialoga con una idea anterior del propio Gumucio: cuando escribió sobre Pinochet en 2021, sostuvo que el dictador había encarnado una “ideología de la dueña de casa”, una lógica de orden doméstico, castigo, disciplina y corrección moral antes que un horizonte heroico o utópico. No es la misma frase ni el mismo contexto, pero sí una continuidad simbólica que ayuda a entender por qué esta derecha conecta: ofrece orden cotidiano, no paraíso; comportamiento, no emancipación.
Gumucio plantea que el nuevo gobierno llega impregnado de esa lógica, que él asocia a la “ideología de la dueña de casa”, presente también —según su análisis— en la cultura política del pinochetismo: peínate, báñate, llega a la hora, cumple con lo básico. Más allá de la carga crítica o simbólica de esa comparación, se trata de conductas elementales que debieran promoverse siempre, especialmente en niños y jóvenes, no como consigna ideológica sino como parte de la formación y la responsabilidad personal.
Lo que Gumucio deja flotando, aunque no lo diga frontalmente, es una idea reveladora: que la izquierda estaría culturalmente asociada al desaseo, la flojera, la informalidad y la impuntualidad, mientras que el orden y la disciplina pertenecerían al mundo conservador. Y ahí aparece la trampa. Porque convierte hábitos elementales en una frontera ideológica artificial y naturaliza una caricatura injusta del adversario. Como si peinarse, bañarse, llegar a la hora y asumir responsabilidades fueran patrimonio moral de un solo sector. Más que describir una diferencia política, degrada el debate al nivel de un prejuicio cultural disfrazado de agudeza intelectual.
Ese es el punto ciego de la izquierda. Cree que denunciar símbolos conservadores basta para deslegitimarlos. Pero muchas veces esos símbolos hablan el idioma exacto que una parte importante del país quiere volver a escuchar: trabajo, sobriedad, disciplina, cumplimiento, jerarquía. No porque Chile haya abrazado el autoritarismo, sino porque se cansó de la improvisación y del narcisismo moral. La oposición puede reírse de la escena del casino en La Moneda; el problema es que esa escena, para muchos, comunica cercanía, sencillez y orden. Y en política, los símbolos importan cuando resumen una demanda social real.
La oposición que viene: Pinochet, derechos sociales y una ciudadanía en otra frecuencia
Todo indica que la oposición de izquierda intentará instalar un marco nítido: que con Kast viene un retroceso de derechos sociales y un retorno cultural a claves pinochetistas. No es una hipótesis inventada. Ya hay sectores acusando recortes de derechos por cambios a la gratuidad universitaria, y organizaciones feministas y medios internacionales han advertido riesgos para derechos de las mujeres bajo un gobierno abiertamente conservador. Además, la izquierda se reordena para evitar que se desmantelen los logros del ciclo de Boric.
El problema es que ese marco, siendo parcialmente comprensible, puede fracasar si se convierte en el único discurso. Porque la ciudadanía hoy no mira primero ese eje. Las prioridades dominantes son seguridad, delincuencia, narcotráfico, economía, empleo e inmigración. La última Cadem mostró 61% de menciones para seguridad, 41% para economía y empleo, y 21% para inmigración; además, 58% dijo que Chile necesita un “gobierno de emergencia”. Es decir: el país pide control, resultados y estabilidad antes que una nueva clase magistral sobre superioridad moral.
El clima cultural también se movió. La Encuesta Bicentenario 2025 mostró un giro relevante: 42% atribuye hoy el bienestar al esfuerzo personal y 28% al Estado, justo al revés de 2021. Y, al mismo tiempo, Pinochet subió a 10% como figura histórica admirada, empatando con Sebastián Piñera. Eso no significa que Chile se haya vuelto pinochetista; significa algo más inquietante para la izquierda: que el veto cultural automático ya no opera con la misma fuerza. A eso se suma un dato generacional duro: en 2023, 41% de los jóvenes decía saber poco o nada sobre la dictadura. Hay distancia histórica, fatiga ideológica y una nueva sensibilidad menos marcada por los códigos de la Transición.
Por eso, si la izquierda insiste en responderle al Chile de 2026 con el libreto de 2019, seguirá perdiendo. No porque los derechos sociales no importen. Importan, y mucho. No porque Pinochet deje de ser una sombra grave en nuestra historia. Lo sigue siendo. Sino porque una mayoría hoy parece buscar algo además de derechos: recompensa al esfuerzo, autoridad legítima, seguridad efectiva, educación que funcione, trabajo estable y una economía predecible. Y si la izquierda no logra hablar también ese idioma, no será porque el país se volvió incomprensible, sino porque dejó de escucharlo.
Tal vez el mejor cierre no venga de Boric, ni de Kast, ni de Gumucio ni de Manouchehri, sino de Patricio Aylwin, quien en los albores de la transición advirtió una verdad vigente: “en las sociedades contemporáneas no hay orden ni seguridad estables sino sobre la base del consenso racional fundado en la justicia”. Ahí está el dilema del Chile actual. La ciudadanía quiere orden, autoridad, disciplina y eficacia, pero no como caricatura ideológica ni como nostalgia de mando, sino como parte de un pacto legítimo que garantice seguridad sin renunciar a la justicia. Si la izquierda insiste en leer todo como amenaza autoritaria, y si la derecha cree que basta con administrar símbolos de orden, ambas chocarán con la misma realidad: Chile ya no quiere relatos grandilocuentes; quiere resultados concretos, estabilidad y responsabilidad.
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