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05

Abr

El conejo que no pone huevos pero igual manda en Pascua

AV

Cada año reaparece la misma pregunta: qué tienen que ver los huevos, el conejo y la Pascua. La respuesta no está en el supermercado, sino en una mezcla larga de ritos antiguos, adaptaciones religiosas y costumbres que viajaron miles de kilómetros antes de instalarse en Chile.

Mucho antes del cristianismo, distintos pueblos europeos celebraban la llegada de la primavera regalando huevos. Era un símbolo directo: vida nueva, renacer, volver a empezar después del invierno. Con el tiempo, la Iglesia tomó ese gesto y lo incorporó a la Pascua. Durante la Cuaresma no se podían consumir huevos, así que al final del periodo había abundancia. Decorarlos y regalarlos se volvió una forma de marcar el cierre y, de paso, explicar la idea de resurrección.

El conejo entra a la historia por otro lado. En los pueblos germánicos, la liebre era un símbolo de fertilidad y vitalidad, un animal asociado al renacer de la naturaleza. Esa imagen sobrevivió a la evangelización y, siglos después, en comunidades protestantes alemanas del siglo XVII y XVIII, apareció el “Osterhase”: un conejo que trae huevos pintados para los niños. Era un juego doméstico, casi un truco pedagógico, que terminó convertido en tradición.

A Chile la costumbre llegó por el sur, de la mano de los inmigrantes alemanes que se instalaron desde mediados del siglo XIX. Ellos vaciaban huevos de gallina, los pintaban y los llenaban con dulces caseros. Nada de chocolate industrial ni figuras gigantes: era un gesto familiar, íntimo, que con los años se mezcló con la cultura local. Ya en el siglo XX, la industria del chocolate hizo lo suyo y la Pascua del Conejo se masificó. El huevo real fue reemplazado por uno más dulce, más brillante y más fácil de vender.

Hoy la tradición convive entre lo religioso, lo comercial y lo doméstico. Esconde huevos, sorprende a los niños, arma la búsqueda en el patio o en el living. Y aunque el conejo no ponga huevos, la mezcla funciona: un símbolo antiguo, un animal fértil y una costumbre que cruzó océanos para quedarse en nuestras casas.

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