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El 29 de mayo de 1976, Alfonso Dastres abrió las puertas de su local en Aníbal Pinto 751, justo al lado sur de la entonces sucursal del Banco Central. Era un tiempo en que Zofri recién empezaba a perfilarse como motor de desarrollo para la región. Hoy, medio siglo después, Dastres carga con recuerdos, amistades y la historia larga de un bar que ya es parte del patrimonio vivo de Iquique: el Bar Grill Curupucho.
En esa misma dirección, dentro de una casona de pino Oregón levantada a fines del siglo XIX, hay una luz que nunca terminó de apagarse. Es la del Curupucho, ese bar que Dastres abrió sin imaginar que, cincuenta años más tarde, seguiría ahí, firme, convertido en refugio cultural, punto de encuentro y pedazo de memoria bohemia de la ciudad.
Dastres nunca se propuso ser dueño de un patrimonio; las cosas simplemente se fueron dando. Primero fue una confitería, luego un bar que creció al ritmo de la Zofri, cuando Iquique empezaba a llenarse de gente recién llegada del sur, trabajadores del puerto, jefes de galpones, tripulantes y parroquianos que hicieron del Curupucho su segunda casa. “Cuando abrí el año 76 venía harta gente del sur que estaba recién llegada. También venía gente de edad… con el tiempo iban cambiando”, recuerda.
MANOLO GALVÁN
Entre las historias que circulan entre los parroquianos antiguos, hay una que ya es parte del folclor local. A fines de los años 70, en pleno toque de queda y con el bar cerrado, entró de improviso el cantante español Manolo Galván, recién salido de una presentación en el Teatro Municipal. Se tomó un copetito, conversó un rato y terminó cantando varios de sus éxitos para los pocos que quedaban adentro. Un concierto íntimo, improbable, de esos que solo pasan en Iquique cuando la noche se pone generosa.
Por esos años, con la película Tiburón reventando las salas, Dastres inventó el “Diente de Tiburón”, un trago nacido de una receta encontrada en una revista y que él ajustó a su manera. Hoy es parte del inventario nostálgico del bar, como los sobrenombres de parroquianos que ya no están y las historias que sobreviven entre vasos y fotografías.
El Curupucho también quedó registrado en la memoria visual de la ciudad. En 2019 fue parte del libro Iquique en estado de shop, de la fotógrafa nortina Marianne Fuentealba, un trabajo que retrató bares patrimoniales y sus personajes. Las imágenes del Curupucho —sus mesas, sus parroquianos, su luz cálida— confirmaron lo que muchos ya sabían: este no es un bar cualquiera, es un pedazo de identidad.
BENJAMÍN
A pesar de los cierres, las crisis y la pandemia que lo tuvo un año y cuatro meses sin abrir, el Curupucho sigue vivo. Dastres lo explica simple: “Tengo que estar presente, ya que mucho del bar tiene que ver con la persona”. Y es cierto. En la calle lo saludan con cariño. Medio siglo detrás de la barra deja huella.
Su hijo menor, Benjamín, ha tomado la posta y, junto a Dastres, le dio un nuevo giro al bar, único en Chile que tiene como vecino a un recinto de Carabineros. Con tocatas de grupos locales y actos culturales, sumaron a los parroquianos de siempre a nuevas generaciones.
Hoy, mientras se preparan los festejos por los 50 años, el bar mantiene su mezcla de tradición y modernidad. Es un lugar donde aún se puede detener el tiempo con una cerveza, donde artistas, escritores, músicos y viajeros encuentran un rincón amable para conversar. Un bar que no se rinde, que resiste desde una casa centenaria y que sigue siendo, a su manera, un pequeño país dentro de Iquique.





Imágenes del archivo de Bar Grill Curupucho.













