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25

Jul

Patricio Rivera Olavarria 1962-2005.

20 años sin Papato: recordando a Patricio Rivero, el escritor que hizo hablar al barrio [El Morro]

EL SOL DE IQUIQUE

El 7 de julio de 2005, Iquique Glorioso perdió a uno de sus narradores más entrañables: Patricio Rivero Olavarría, “Papato” para los amigos y para los lectores que encontraron en sus cuentos una mirada irreverente, sensible y profundamente nortina. A dos décadas de su partida, sus palabras siguen resonando con la misma fuerza en los pasajes de El Morro, en los programas radiales y de televisión donde tartamudeaba libros con humor punzante, y en el recuerdo colectivo de una ciudad que lo sintió suyo.

Papato no solo fue escritor; fue periodista, comunicador, promotor cultural y guía literario para jóvenes privados de libertad. Estudió en Cuba, vivió en los Países Bajos, y regresó a Iquique con una maleta de historias que combinaban costumbrismo, crítica social y fantasía desfachatada. Su trabajo fue reconocido en Chile, Cuba y España, y su nombramiento como Hijo Ilustre de Iquique solo confirmó lo que la comunidad ya sabía: que su talento había nacido y florecido en esta tierra con olor a mar y conversación de esquina.

Su bibliografía es un testimonio de su estilo irreverente, lúdico y entrañable. En 1995 publicó La dicha de ser un don nadie, una serie de crónicas que retratan lo marginal con dignidad y humor. Ese mismo año escribió títulos memorables como Tarzán chileno perdido en Ámsterdam, Cuando las habaneras no tenían calzones (ganadora del Premio Consejo Nacional del Libro), El gato, ese ser desprestigiado y El cuento del viejo piojento, todos cargados de picardía y mirada crítica.

Más adelante, en 1997, lanzó El funeral de la felicidad, una antología que reafirma su capacidad de transformar lo cotidiano en cuento con alma. En 2002 apareció La mujer del cura Soto, una novela provocadora que juega con los límites de lo religioso y lo popular. Luego vinieron La puerta chica más grande del mundo (2003), El gallo que hizo dormir al día (2004) y finalmente Macarena Pocaspecas en 2005, una obra pensada para el público juvenil, con la que demostró que también podía dialogar con las nuevas generaciones.

Cada texto suyo es una conversación con el norte, con sus contradicciones y bellezas, con sus personajes cotidianos y su imaginario desbordante. Hoy lo recordamos con el cariño intacto, como ese amigo que nos enseñó que contar historias también podía ser una forma de resistir, de sanar y de celebrar.

Gracias, Papato. Por hacernos mirar de otro modo a nuestros gatos, nuestras micros y nuestras nostalgias con olor a ceviche y viento costero.

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