mayo 13, 2026

Ingresar

mayo 13, 2026
inicionoticiasactualidadcultura popdeportesempresasopiniónpolíticatierra de campeonesalta suciedad

04

May

Humala y el nacionalismo electoral: Chile como enemigo y la historia como arma política | Rodrigo A. Longa T.

1731145320160
Por Rodrigo A. Longa Terán
Cientista Político

“La guerra es la continuación de la política por otros medios.”
Carl von Clausewitz

Las declaraciones de Antauro Humala sobre una eventual “recuperación” de Arica y Tarapacá no deben ser leídas únicamente como una provocación contra Chile. Sería un error reducirlas a una excentricidad verbal, a una salida de tono o a una frase marginal destinada a desaparecer en el ruido electoral peruano. En política, las palabras no solo describen la realidad: muchas veces intentan producirla.

Humala no habla desde la diplomacia, habla desde la campaña. Y cuando un actor político plantea revisar tratados históricos, reivindicar territorios y abrir incluso la posibilidad de una vía armada, no está ofreciendo una política exterior seria; está activando un dispositivo emocional. Según la cobertura de medios chilenos, Humala sostuvo que aspiraría a “recuperar Tarapacá y Arica” por la vía diplomática o armada, en el contexto de un eventual gobierno de Roberto Sánchez, quien luego se desmarcó de esas declaraciones.

La estrategia es evidente: construir un enemigo externo para ordenar un conflicto interno. En sistemas políticos fragmentados, con baja confianza institucional y alta volatilidad electoral, el nacionalismo territorial funciona como atajo simbólico. Permite simplificar la realidad, dividir el campo político entre patriotas y débiles, desplazar la discusión desde los problemas concretos hacia la épica histórica y convocar emociones profundas: agravio, orgullo, revancha, identidad.

Humala sabe que Chile ocupa un lugar sensible en la memoria política peruana. Arica y Tarapacá no son nombres neutros en esa narrativa; son territorios cargados de historia, dolor, derrota y mitología nacional. Por eso los invoca. No para abrir una negociación realista, sino para hablarle a un electorado que puede sentirse abandonado por las élites, frustrado con la democracia representativa y disponible para discursos de reparación histórica.

La operación tiene, además, un cálculo electoral. Al tensionar la relación con Chile, Humala busca instalarse como actor indispensable. No necesita controlar completamente una candidatura para influir sobre ella. Le basta con condicionar la agenda, incomodar a sus aliados, obligar a sus adversarios a reaccionar y aparecer como el intérprete más duro de un nacionalismo que otros prefieren administrar con cautela.

En ese sentido, Chile no es el verdadero destinatario del mensaje. Chile es el escenario. El destinatario principal es el votante peruano que desconfía del sistema, que observa la política como traición permanente y que puede encontrar en la retórica de la reivindicación territorial una forma de dignidad simbólica. Humala usa a Chile como espejo para proyectar fuerza hacia dentro.

Pero una cosa es la utilidad electoral del discurso y otra muy distinta su legitimidad jurídica. Los límites entre Chile y Perú están establecidos por tratados internacionales plenamente vigentes. El Tratado de Lima de 1929 resolvió la situación de Tacna y Arica, estableciendo que Tacna quedaba para Perú y Arica para Chile. Además, la Carta de Naciones Unidas prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.

Por eso, la frase de Humala no es solo imprudente. Es peligrosa. No porque exista hoy una amenaza militar real e inmediata, sino porque normaliza un lenguaje que debilita la convivencia internacional. Las guerras no comienzan únicamente con tropas cruzando fronteras; muchas veces comienzan antes, cuando la palabra pública convierte al vecino en enemigo, cuando la historia se transforma en munición y cuando la política interna descubre que la hostilidad externa puede rendir dividendos electorales.

Para Chile, el desafío está en responder sin caer en la trampa. Una sobrerreacción podría regalarle a Humala exactamente lo que busca: centralidad, épica y victimización. Si Chile responde con gritos, él gana. Si Chile convierte sus declaraciones en una disputa nacionalista simétrica, él gana. Si Chile confunde a Humala con el Estado peruano o con el pueblo peruano, también gana.

La respuesta chilena debe ser firme, pero sobria. Firme, porque ninguna insinuación de uso de la fuerza puede quedar sin rechazo. Sobria, porque no corresponde elevar a categoría de interlocutor estratégico a quien está usando la frontera como recurso electoral. La Cancillería chilena debe reafirmar la vigencia de los tratados, el respeto al derecho internacional y el compromiso con la paz, pero evitando transformar una provocación de campaña en una crisis diplomática artificial.

La fórmula correcta sería una diplomacia de tres niveles. Primero, una declaración pública clara: Chile rechaza cualquier amenaza contra su integridad territorial y recuerda que sus límites están definidos por tratados vigentes. Segundo, una gestión diplomática reservada ante Perú, solicitando que su institucionalidad reafirme el respeto a los acuerdos y a la solución pacífica de controversias. Tercero, una señal política interna de unidad nacional, donde gobierno y oposición actúen con sentido de Estado y no con cálculo de coyuntura.

Pero la respuesta más profunda no está solo en Santiago ni en los comunicados de Cancillería. Está en la frontera norte. La soberanía no se defiende únicamente con declaraciones solemnes; se defiende con presencia estatal efectiva. Arica, Tarapacá y el Tamarugal no pueden ser tratados como periferia administrativa cuando son, en realidad, territorios estratégicos para la seguridad, la migración, el comercio, la integración y la proyección internacional de Chile.

Esa es la paradoja que las palabras de Humala obligan a mirar. Mientras algunos actores peruanos usan la frontera como símbolo electoral, Chile debe preguntarse si está tratando su frontera norte como prioridad nacional. La soberanía no consiste solo en decir “esto es nuestro”. Consiste en gobernar, invertir, proteger, integrar y desarrollar. Consiste en que el Estado esté presente donde la geografía se vuelve política.

Humala intenta abrir una grieta emocional. Chile debe cerrar esa grieta con institucionalidad. Él ofrece épica de conflicto; Chile debe responder con madurez estratégica. Él busca convertir la historia en combustible electoral; Chile debe convertir la historia en política de Estado. Él habla de recuperar territorios; Chile debe hablar de fortalecer territorios.

El verdadero error sería responderle a Humala desde el mismo registro que él propone. Porque cuando el nacionalismo grita, la inteligencia estratégica debe hablar bajo, pero con claridad. Chile no necesita sobreactuar su soberanía. Necesita ejercerla.

Y ejercerla significa recordar que la frontera norte no es el borde olvidado del país. Es una zona decisiva. Una frontera viva. Un espacio donde se cruzan comercio, crimen organizado, migración, memoria, identidad y Estado. Por eso, frente a discursos que amenazan con reabrir heridas históricas, la mejor respuesta chilena no es la furia: es la presencia.

La soberanía no se improvisa cuando alguien la desafía. Se construye todos los días.

En tiempos donde algunos pretenden levantar muros de resentimiento sobre los escombros de la historia, Chile debe actuar como el buen constructor: con escuadra para ordenar sus actos, con compás para medir sus pasiones y con plomada para mantenerse recto ante la provocación. Porque un Estado verdaderamente fuerte no es aquel que responde con ira, sino aquel que sabe unir firmeza con prudencia, memoria con futuro, soberanía con paz.

La historia no debe ser usada como arma para dividir a los pueblos, sino como luz para comprender el precio de la discordia. Y si alguna lección nos deja esta nueva provocación, es que la paz también requiere vigilancia, carácter y arquitectura moral.

Chile no necesita sobreactuar su soberanía. Necesita ejercerla. Necesita construirla. Necesita custodiarla como se custodia una obra mayor: piedra sobre piedra, generación tras generación, desde el centro firme de sus instituciones y con la mirada elevada hacia el porvenir.

Porque cuando la política transforma la memoria en revancha, corresponde a los hombres libres y de buenas costumbres recordar que la verdadera grandeza de una nación no está en alimentar antiguas heridas, sino en levantar templos de concordia sobre territorios seguros, dignos y soberanos.

Y es aquí, en el extremo norte, donde el desierto se encuentra con el mar y la historia conversa en silencio con la frontera, Chile debe permanecer de pie: sereno, unido y vigilante. Como una columna firme ante la tormenta. Como una República que no provoca, pero tampoco retrocede. Como una nación que sabe que la paz se defiende con inteligencia, que la soberanía se honra con presencia y que el futuro se construye, siempre, con la luz de la razón encendida.

Comentarios

Deja el primer comentario

ingreso de usuario

Google reCaptcha: Clave de sitio no válida.