por Gonzalo Vallejo Legarreta
El lunes recién pasado viajó hacia las estrellas Andrés Aylwin Azócar, el más tenaz y consecuente militante de la Democracia cristiana. Un hombre valeroso e incansable luchador en la defensa irrestricta de los Derechos Humanos durante la oscura dictadura que alteró inhumanamente la estabilidad democrática de nuestro país. Un hombre respetado y de una invariable solidaridad que le llevó a trabajar en el campo judicial por los perseguidos militantes de los diversos partidos políticos que conformaban la Unidad Popular, el conglomerado humano y pensante que quiso construir un Chile más justo y equitativo, respetando sus creencias religiosas y filiaciones partidistas, quienes simplemente luchaban con espíritu democrático para alcanzar nuevamente la tan necesaria libertad. Andrés Aylwin, un buen católico, un noble ser humano, un hombre discreto y humilde, un político servicial y de profundas convicciones políticas, trabajó por la humanidad con lealtad y valentía Fue un ejemplo de dignidad y un estandarte moral para las generaciones futuras que aspiran a una política decente y respetable. Su accionar social sólo fue el reflejo de su gran capacidad para entender el servicio humano como un trabajo vital y transparente.
Andrés Aylwin Azócar perteneció al disidente Grupo de los Trece, militantes democratacristianos que se opusieron, con visión de futuro e inteligente comprensión política, al golpe militar firmando una Declaración contraria a la posición de la directiva del partido. ¡ Cuánta razón ! No se equivocaron. Con diáfana sabiduría comprendieron que la tiranía pinochetista trajo las consecuencias más execrables para nuestro país, que sigue anhelando profundas transformaciones sociales y culturales.
La soledad natural del hombre que ha perdido la luz ecuménica de su compañera de tantos años, acaecida hace poco tiempo, hizo que su vida comenzara a apagarse lentamente, esperando la muerte que le abrazó en un amanecer invernal y de frío letárgico. Como poetizó Javier Heraud, la esperó ”solidario y solitario”. Andrés Aylwin quedará en el recuerdo de un pueblo aplastado y minimizado por la execrencia política de aquel tiempo, quedando el ejemplo de su incansable lucha por plasmar en actos concretos los temas atingentes a su sólida formación católica. Optó por un cristianismo pobre, comprometiéndose con los que sufrieron persecuciones y que en última instancia significaba la tortuosa muerte si él no actuaba con su entrañable afecto por la causa de la liberación y de la esperanza.













