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Hace 56 años, entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, una granja en Bethel, Nueva York, se transformó en el epicentro de la contracultura mundial. El Festival de Woodstock reunió a más de 400 mil personas en tres días de música, paz y protesta silenciosa contra la guerra de Vietnam. Lo que comenzó como un evento modesto se convirtió en un símbolo generacional que aún resuena en la historia del rock y los movimientos sociales.
Con artistas como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Santana y The Who, el festival no solo marcó un hito musical, sino que también dejó un legado de libertad, diversidad y resistencia cultural. Hoy, quienes asistieron en su juventud bordean los 70 a 75 años, y muchos siguen recordando ese momento como el despertar de una conciencia colectiva.

Un año después, en octubre de 1970, Chile vivió su propia versión: el Festival de Piedra Roja, realizado en Los Dominicos, Las Condes. Inspirado por el documental de Woodstock, un grupo de estudiantes organizó un encuentro al aire libre que reunió entre 3.000 y 5.000 jóvenes. Aunque con menos estructura y más improvisación, Piedra Roja se convirtió en un mito fundacional del rock chileno y de una juventud que buscaba su propio espacio fuera de la polarización política.
¿Fue una versión “Fruna” de Woodstock? Tal vez sí, pero con cariño. Porque si algo nos ha enseñado Fruna —la marca chilena que ha alimentado generaciones con dulces populares— es que lo auténtico no necesita etiquetas gourmet para dejar huella. Piedra Roja fue caótico, sí; con megáfonos saturados, bandas que no llegaron y carabineros que terminaron dispersando a los asistentes. Pero también fue un acto de libertad, de identidad juvenil y de música sin permiso.
Ambos festivales, con sus diferencias, comparten algo esencial: el deseo de una generación por expresarse, reunirse y desafiar el orden establecido. Woodstock fue el grito global; Piedra Roja, el susurro local que aún resuena en la memoria colectiva de los mayorcitos.













