En la mañana de ayer, bajo un cielo plomizo y con el rumor del mar como telón de fondo, el último silbido del Longino se elevó sobre la ciudad de Iquique. El tren, cuya silueta de hierro fue testigo del auge del salitre, los sueños de obreros y los paisajes del norte chileno, partió por última vez rumbo a La Calera, marcando así el fin de una era.
En el andén, decenas de personas se reunieron en un silencio reverente, testigos del fin de una historia.
A pocos metros, el administrador del Ferrocarril, don Juan Carreño, supervisaba cada detalle con la solemnidad de quien preside un acto histórico. A su lado, el inspector Ricardo González tomaba nota y daba indicaciones finales, procurando que hasta el último pitazo fuese digno del legado que se despedía.
La condena a muerte para este servicio ferroviario ya había sido dictada con frialdad administrativa. A comienzos de este mes, el diario El Tarapacá publicó el aviso que lo confirmaba:
“Ferrocarril de Iquique a Pintados. Se pone en conocimiento del público que a contar del lunes 16 de junio, en curso se ha suprimido, hasta nueva orden, la carrera de trenes de pasajeros N.º 1 y 2, desde La Calera los lunes y desde Iquique, los jueves respectivamente. En consecuencia, a contar de la próxima semana no circulará ningún tren de pasajeros entre Iquique y La Calera. — La Administración”
Así, sin ceremonia, sin discurso, sin marcha de despedida, quedó sellado el fin de una historia sobre rieles que unió vidas, geografías y generaciones.
La ruta del Longino unía Iquique con La Calera, atravesando desiertos, quebradas y poblados que crecieron al compás del tren. Durante décadas, fue más que un medio de transporte: fue un vínculo entre comunidades, un canal de cultura, comercio e historias compartidas.













