
A comienzos de los años noventa, el politólogo Francis Fukuyama planteó que el mundo había llegado al “fin de la historia”. No hablaba del término literal de los acontecimientos, sino del cierre de las grandes disputas ideológicas. Según su tesis, la democracia liberal y la economía de mercado se habían impuesto como el modelo dominante, y las ideologías rivales acabarían adaptándose a él.
Tres décadas más tarde, Chile parece vivir esa paradoja. La candidatura de Janet Jara, militante comunista y exministra de Estado, simboliza la rendición ideológica de la izquierda ante el orden liberal. Su programa no busca sustituir el sistema, sino corregir sus desequilibrios. Propone un Estado más activo y políticas redistributivas, pero dentro de las mismas reglas del juego que antaño prometía superar. En ella, la izquierda ya no desafía el modelo: lo asume, lo administra, lo perfecciona.
Ese desplazamiento no es menor. Representa el cumplimiento de la profecía fukuyamiana: cuando incluso los antiguos críticos del capitalismo adoptan su lógica, la historia —entendida como la lucha entre visiones opuestas— se agota. El conflicto cede paso a la gestión. La revolución se reemplaza por el ajuste técnico.
En el otro extremo, José Antonio Kast encarna la continuación de la historia. Su proyecto cuestiona los consensos que sostienen el orden liberal y propone una revisión profunda de sus fundamentos: autoridad, identidad, nación, tradición. Su ascenso revela que el ciclo no está cerrado, que aún existen pulsiones ideológicas dispuestas a reabrir el conflicto.
Entre ambos, Chile se mueve en la paradoja: una izquierda que se rinde al sistema y una derecha que busca redefinirlo. En esa tensión, la historia no termina. Solo cambia de forma.
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