La ciudad puerto revive cada año el legado heroico de la Esmeralda y sus mártires. La participación de la Compañía “Sargento Aldea” en la recuperación y repatriación de los restos del valiente artillero Juan de Dios Aldea, la colecta popular para erigir el Monumento a Prat y el mausoleo en el Cementerio General, reflejan la profunda conexión de Iquique con la historia naval de Chile.
Cada 21 de mayo, el corazón de Iquique late con fuerza. No es simplemente una fecha en el calendario: es una jornada de memoria, orgullo y compromiso. En esta ciudad costera, donde hace 146 años se libró el Combate Naval de Iquique, la historia no solo se encuentra en los libros, sino que está grabada en el alma de su gente, en sus monumentos y en su geografía.
El Día de las Glorias Navales representa para Chile la consolidación del espíritu patriota. Pero para Iquique, es algo más profundo: un legado vivo. Desde este puerto partieron los ecos del heroísmo de Prat, Condell, Serrano y Aldea. Y fue también en esta tierra donde nacieron las primeras expresiones civiles y bomberiles de homenaje, como la recuperación de los restos del sargento Juan de Dios Aldea, impulsada valientemente por la Compañía de Bomberos que hoy lleva su nombre: la Compañía Chilena de Bomberos “Sargento 2.º Juan de Dios Aldea Fonseca N.º 6”.
Fundada el 5 de octubre de 1877 tras el terremoto de ese año, esta compañía —que surgió para servir al entonces Iquique peruano— fue perseguida por las autoridades del Perú bajo acusaciones de espionaje. Expulsados el 16 de abril de 1879, sus integrantes cruzaron a pie el desierto durante tres días, hasta ser recibidos por las fuerzas expedicionarias chilenas. Embarcados en el vapor Amazonas, se enrolaron en el ejército y participaron en el desembarco de Pisagua. Entre sus misiones más memorables estuvo la identificación y recuperación de los restos del capitán Garretón y del mismo Eleuterio Ramírez en la batalla de Tarapacá, el 25 de enero de 1880.
El 9 de abril de 1880 regresaron a Iquique para reorganizar la compañía. El 1 de abril de 1881 recuperaron los restos del sargento Aldea, los resguardaron con honor hasta el 13 de mayo de 1888, y organizaron su ceremonia de repatriación. Para ello, sus propios artesanos construyeron una réplica de la Esmeralda, desde la cual se trasladaron los restos de los héroes hasta la cripta de los Héroes en Valparaíso.
En 1903, la comunidad iquiqueña, junto a los bomberos, impulsó una colecta popular para construir un monumento en honor al capitán Arturo Prat. Este esfuerzo culminó en 1910 con la inauguración del Monumento a los Héroes de Iquique, frente al mar testigo del combate. Un dato crucial: esta obra no fue financiada por el Estado, sino por la sociedad civil de Iquique, que se negó a dejar en el olvido a sus héroes. Paralelamente, se levantó en el Cementerio General de Iquique un mausoleo para los héroes navales, donde hoy reposan los restos de los grumetes Concha y Bolados. En las fotografías de la época, junto a la comunidad, aparece en la esquina inferior derecha la Compañía Chilena Sargento Aldea N.º 6.
Más allá de su función bomberil, la Compañía “Sargento Aldea” es un pilar de la memoria histórica. Ha participado activamente en actos conmemorativos, preservando los valores de sacrificio y deber encarnados por el joven sargento de la Esmeralda, herido a bordo del Huáscar, fallecido en el hospital de sangre, y arrojado a una fosa común el 25 de mayo de 1879. Pudo haber sido olvidado por la administración peruana, pero jamás por esta sociedad diversa y multicultural, unida por la memoria y el respeto. Una sociedad iquiqueña marcada por el dolor de la Guerra del Pacífico —un sufrimiento profundo que el resto del país no vivió del mismo modo.
Hoy, mientras la bandera se iza en la Plaza 21 de Mayo, la historia sigue viva. Vive en cada homenaje, en cada flor depositada en la boya Esmeralda, y en cada generación de iquiqueños que comprende que el verdadero honor está en no olvidar.
El orgullo se hace palpable al ver desfilar a la Armada, rindiendo honores a un monumento que no fue obra del Estado, sino fruto del esfuerzo de la ciudadanía. Son los hombres y mujeres de Iquique quienes aplauden con emoción a las fuerzas de presentación, porque este desfile no pertenece a las autoridades: es de la comunidad. Es del pueblo que recuerda, que conmemora y que honra su identidad.
La tradición de asistir al desfile, de peregrinar cada 21 de mayo a la boya Esmeralda, o de formar parte de la caravana de vehículos hacia el Marinero Desconocido, habla de una ciudad con memoria, con identidad y con una hermandad que solo se entiende viviendo en Iquique.
Basta con observar la ceremonia que cada 20 de mayo realizan los bomberos: una romería que es casi una alegoría a aquellos vecinos iquiqueños que, en un acto de profunda humanidad, sepultaron los restos de Prat y Serrano en el Cementerio General. Lo hicieron arriesgando sus propias vidas en una tierra aún hostil, en medio del fragor de la Guerra.
Este es Iquique: una tierra gallarda y belicosa. Porque vivir aquí nunca ha sido fácil. Pero como dice el viejo adagio popular, Iquique es una tierra bendecida… porque Dios es iquiqueño.
Y para cerrar, cito al novelista y ensayista francés André Maurois:
“En muchos casos encontramos móviles nobles y heroicos para actos que hemos cometido sin saber o sin querer.”
En Iquique, muchos hombres hicieron de lo correcto los más nobles y heroicos actos. No buscaron fama ni memoria. Lo hicieron simplemente porque sabían que era lo correcto, impulsados por un profundo amor al prójimo.













