viernes - 24/09/2021

Cumpleaños prometido (@plumaiquiqueña)

Cumpleaños prometido (@plumaiquiqueña)

@plumaiquiqueña


Le había prometido a mi hija que este año, sí celebraríamos su cumpleaños número 6, el virus del Covid sería solo un espejismo. Las profecías de Nostradamus, Mayas y del Apocalipsis solo son un texto sin punto final.

Aquí estoy frente a ella, dibujándole el cumpleaños que le he repetido todos los años, a la usanza, como cuando era niña, con chocolatito caliente, y canapé con huevo sobre la mesa larga, esa que inspira a Teillier y Efraín Barquero, esa que inspira este relato de antaño, con ribetes de nostalgia vívida, un pasado que no ha muerto, que sigue vivo, porque definitivamente la nostalgia está en la piel (Benedetti) y la mía arde bajo el tren de los recuerdos.

Era el año 1990, el rock latino sigue vigente en la F.M., aunque los “New Kids” la rompen en fiestas y festivales de colegio. El depa tiene cortinas nuevas de la Zofri, esta vez, no se compraron las telas en “Casa Solana”, ni menos se las encargaron a la modista en calle Wilson frente a Bavaria, tampoco la tenida del cumpleañero. ¡Éramos hijos pródigos del olor a progreso y del olor a pesquera ¡Uff!, nauseabundo perfume al despertar y al acostar.

Sin embargo, se seguían conservando algunas tradiciones, el vaso y mantel de plástico, la torta manjar durazno, cornetas, gorros, sorpresas, serpentinas, piñata y la silla musical. Un pequeño equipo, listo y dispuesto para tocar las canciones infantiles de Cachureos y Mazapán.

¡Las puertas se abren de par en par a chicos y grandes, nadie se enojaba, por el contrario, en esta latitud del globo, todos eran bienvenidos, no hay malas caras, es un cumpleaños y hay que festejar como Dios manda!

¡Primero los niños a la mesa!- exclama la abuela-, luego los papitos y abuelitos, cada uno con su taza y platillo, el más viejito lo sorbetea como anunciando un ¡avísale! Quiero otra.

La madrecita se ha amanecido preparando los bizcochos, las ojeras las maquilla con ese amor inconmensurable hacía el hijo más chico. Los niños dejan de ponerle la cola al burro para esperar la lluvia de dulces de la piñata, un palo de escoba se encarga de romperla y desprender el cuerpo para estallar en medio de la fiesta. Después de los juegos y las rondas infantiles, los niños guardan como hueso santo las cositas ricas hechas por mamá, también el soldadito o el anillito de la sorpresa ¡Oh!

El sol de Iquique se está despidiendo, desde el balcón, se puede vislumbrar cuanta majestuosidad. Se apagan las luces, que susto, vendrá el viejo del saco. ¡No! Se prendieron las velitas y una cámara inmortalizando dicho momento. Apertura de regalos, el festejado hace gala de pistolas, superhéroes y autitos. Las cornetas han dejado de causar ruido, la puerta no deja de cerrarse una y otra vez, despidiendo a los cabros chicos. ¡Nos vemos el próximo año! -dijo mamá en esa oportunidad-, lo mismo le repito a mi hija, pero no sucederá, así como las ganas de viajar a mi tierra natal.

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