
Que un partido que proclama la defensa del “trabajo digno”, la justicia social y la protección de los derechos laborales enfrente demandas por no pagar cotizaciones y tenga decenas de propiedades con contribuciones impagas no es sólo un problema contable: es un problema político y moral. Los últimos reportes periodísticos muestran que las tensiones entre discurso y práctica en el Partido Comunista (PC) se han vuelto insostenibles y exigen respuestas claras, auditoría y reparación inmediata a quienes resultaron perjudicados.
Los hechos (breve recuento necesario). Investigaciones recientes consignan que el PC registra múltiples deudas previsionales –decenas de mora por cotizaciones que afectan a trabajadores y ex trabajadores, entre ellos figuras públicas vinculadas al partido– y que varias de sus sedes y dependencias, incluido el Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz (ICAL) y la sede central en Vicuña Mackenna, acumulan millones en contribuciones territoriales impagas desde 2022-2023 en adelante. También reaparecen interrogantes sobre ventas de patrimonio realizadas en 2016 y el destino final de muchos inmuebles.
¿Por qué esto duele más que una simple mora? Primero, porque las cotizaciones previsionales y el pago de prestaciones (seguro de cesantía, AFP, salud) son derechos básicos de cualquier trabajador: no pagarlas equivale a transferir la carga del incumplimiento al empleado. Quienes defienden legislaciones para subir cargas o reforzar sistemas previsionales no pueden razonablemente exigirle al resto lo que no practican en su propia casa. Segundo, porque la acumulación de deudas en propiedades emblemáticas –como la Casa Museo Delia del Carril o parcelas en Lo Barnechea– no sólo hiere la credibilidad pública, sino que plantea dudas sobre la gestión patrimonial y la priorización de recursos.
Hay otra capa: la gestión interna y la responsabilidad de los cuadros. Reportes vinculados al manejo financiero del partido señalan que determinadas personas a cargo de finanzas y representantes legales aparecen asociadas a gran parte de las moras previsionales y tributarias. Ese dato no sólo exige sanciones administrativas (si corresponde), sino mecanismos de transparencia contable y control interno que hasta ahora parecen insuficientes. Un partido que aspira a gobernar o a influir en políticas públicas no puede tener sus libros en penumbra ni confluir intereses cuestionables alrededor de sus bienes.
¿Cuáles son las consecuencias políticas y éticas? En lo inmediato, erosiona la legitimidad pública del PC y debilita su capacidad de pedir sacrificios o reformas a otros actores sociales. En lo jurídico, las demandas prejudiciales y las multas por intereses y reajustes pueden convertir una mora en una crisis financiera mayor. En lo humano, el perjuicio recae sobre empleados concretos: periodistas, productores, dirigentes y colaboradores que ven comprometida su protección social. Es una traición a la base social del partido y una abertura para que adversarios politicen el episodio –con toda la razón–. Un partido que se proclama defensor irrestricto de los derechos de los trabajadores, que levanta banderas contra el empresario abusador, y que, paradójicamente, incumple sus propias obligaciones previsionales, incurre en una contradicción que resulta no solo vergonzosa, sino profundamente indignante, para decirlo de una manera elegante, o directamente una felonía (piense en esa palabra dicho con un Chilenismo).
¿Qué debería hacerse ya el Partido comunista de Chile (que no ha querido referirse a este tema)? Propongo medidas mínimas y urgentes que restauren alguna coherencia entre palabra y obra:
- Publicar un estado financiero consolidado, con las deudas detalladas (quiénes, montos, períodos) y la explicación de por qué se produjo la mora.
- Delegar una auditoría externa independiente sobre la gestión patrimonial y las operaciones relacionadas con ventas de inmuebles desde 2016 en adelante.
- Priorizar el pago inmediato –o la negociación transparente con comprobantes públicos– de las cotizaciones adeudadas y las contribuciones, y establecer un plan de pago fiscalmente supervisado para el resto.
- Asumir responsabilidades políticas internas si la auditoría detecta negligencia o conflicto de interés, y garantizar sanciones ejemplares cuando corresponda.
Finalmente, el daño simbólico es difícil de reparar: la política moderna exige coherencia. Cuando un partido levanta la bandera del “trabajo digno” y simultáneamente deja a trabajadores sin cotizaciones, se produce una fractura que no solo alimenta la desconfianza ciudadana, sino que empobrece el debate público. La respuesta del PC no puede ser el silencio ni las evasivas: debe ser la rendición de cuentas, la reparación concreta y la transformación de sus prácticas internas. De lo contrario, su discurso quedará marcado por una realidad contable que lo contradice.
La política se mide también en balances: no basta proclamar justicia social en campañas cuando en los balances del día a día se practica lo contrario. La coherencia, en este caso, empieza por pagar lo que se debe.
Terminaré esta columna citando al filósofo, sociólogo e intelectual Karl Marx: “El capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa”.
Nada más irónico y revelador para describir la deriva del Partido Comunista chileno: una colectividad que se alzó como estandarte de la lucha contra la explotación, que prometió romper las cadenas del capital, y que hoy aparece atrapada en las mismas prácticas que denunció. Sus deudas previsionales, sus propiedades convertidas en instrumento de poder y su incapacidad de cumplir las obligaciones más básicas hacia sus propios trabajadores son la prueba de que el monstruo que juraron destruir terminó habitando en su propia casa. La historia, implacable, les devuelve el espejo: el partido que clamaba por justicia terminó devorado por el mismo vampiro que decía combatir.
Señores del PcCH, han terminado siendo aquello que juraron destruir. Hoy son tan capitalistas como el empresario Andrónico Luksic, con la sola –y enorme– diferencia de que él paga sus contribuciones, cumple con las cotizaciones y respeta los derechos laborales que ustedes proclaman defender mientras los vulneran. Verlos convertidos en Capitalistas Neoliberales será “irónico” para algunos… pero “Sera Hermoso” para otros.
El Sol de Iquique no comparte necesariamente las opiniones de los invitados, panelistas, columnistas y conductores, porque en este medio todos pensamos diferente. Aunque no necesariamente.













