A las 23:00 en punto del jueves 5 de marzo, un sismo 4,7 decidió pasar a saludar a Tarapacá. Según Sismología, el movimiento tuvo su epicentro a 39 kilómetros al oeste de Mina Collahuasi, pero en Iquique la reacción fue la de siempre: un par de “¿sentiste algo?”, un “nah, debe haber sido un camión” y la vida siguió como si nada.
Porque seamos honestos: para los iquiqueños y iquiqueñas, un 4,7 no califica ni como susto menor. Es más bien un recordatorio amistoso de que vivimos en zona sísmica, pero con la misma intensidad emocional que produce ver que subió el pan veinte pesos.
Mientras en otras regiones un movimiento así podría generar titulares, acá apenas alcanza para que alguien mire el vaso de agua y diga “ah, se movió poquito”.
Eso sí, el temblorcito cumplió con su misión: recordarnos que la tierra siempre está viva…













