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22

Feb

El tiempo se detuvo… | @plumaiquiqueña

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@plumaiquiqueña

Principios de los ochenta, el tiempo transcurría lento por las calles del puerto; había tiempo para trabajar; visitar a los familiares; ir al desfile; cumpleaños; ir a misa; al club de barrio; al estadio; a la matiné; pololear en avenida Balmaceda; tirar la talla en el despacho de la esquina; pescar en el puerto; incluso darle comida a las palomas, en la plaza de los jubilados.

Recuerdo consumir poca televisión, pero la inexorable línea del tiempo, evoca despertar con el ‘Conejito TV’ a través de la pantalla, la entretención se resumía en coleccionar láminas del algún álbum y pegarlas con Cayman. Las repetidas las intercambiaba por otras o por adoradas esquelas. Me pasaba algo extraño, pero amaba verlas, olerlas y tocarlas.

Los diseños de Frutillita , eran mis favoritos, las cuidaba como hueso santo! En fin, pasatiempo de una niña soñadora; con una pepona; un diario de vida; tacitas; monitas y muchos amigos para jugar a la ronda en el barrio más antiguo de la ciudad.

No pedaleaba sola, la familia fue creciendo en forma inminente, llegó mi hermano ; y los hermanos de los primos. Las vacaciones se planificaban con un mes de antelación, padres y tíos realizaban una lista detallada para ir a la playa, sin que falte nada.

El destino no era Cavancha ni ‘Primeras Piedras’, era donde el diablo perdió el poncho, donde solo pasaba el camión aljibe con agua una vez a la semana, me refiero a playa Chanavayita. En caravana se apretaba fondo el acelerador, el furgón hacía su mejor esfuerzo, no obstante, se demoraba una eternidad, pero me importaba muy poco, con tal de sacar el brazo, desplegar el pelo al viento y pedir un deseo a las gaviotas que volaban en el cielo.

De esta manera, me convertía en una niña con muchos poderes tal cual «Ángel la niña de las flores» ¡Uf! En el camino, mamá sacaba de la bolsa del pan; varios con mortadela, estaban riquísimos y el perro regalón, muy atento a la jugada, esperaba su gran tajada. ¡Quedaba poco para llegar! Advertía papá, y tenía toda la razón, se visualizaba a lo lejos una explanada morena y el inmenso mar a sus pies.

Con los primos nos fuimos directo a la playa sin olas, estábamos en contacto y chapoteando sobre las aguas cristalinas más tranquilas del mundo. Teníamos el traje de baño puesto, no dudábamos ningún segundo en tirarnos un piquero, mientras los papás instalaban las carpas. Los más pequeños jugaban en la orilla con baldes y palas; explorando los granitos de arena; recogiendo caracoles, conchitas y pulguillas.

Las mamás se colocaban el delantal para preparar la ensalada chilena, el arroz blanco y el pescado frito. Mi mamá, sacaba una Pilsener de la orilla para «cocinar con ganas», siempre repetía esa frase ¡si no pa’ que vamos a cocinar! Replicaba al final picardía.

Cada minuto era infinito, no estábamos solos, habían otras familias del glorioso, con carpas de lona o las vetustas con palo de coigüe. En un extremo; unas pocas casas construidas. Se rumoreaba por esos años, que la señora de la casa café iba a vender pan amasado los sábados ¡Saben! Esa era la gran noticia, y nosotros expectantes a ese magno evento y a la chaya del fin de febrero.

Alejados del puerto, el tiempo se detuvo, tal como hoy, recordando con profunda nostalgia las mejores vacaciones de mi vida, en la playita de las aguas tranquilas.

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