Si hay algo que une a los chilenos más allá de las diferencias, es el amor por el pan y, por supuesto, el clásico tostador de pan. Ese mismo artefacto de fierro, con su diseño simple pero eficiente, ha estado presente en incontables desayunos y onces, dorando el pan justo como nos gusta.
Pero hace poco, los chilenos se llevaron una sorpresa no tan grata: el tostador, considerado 100% chileno, apareció en una publicación comercial no solo como parrilla para pan, sino también como parrilla para arepas. ¿Cómo así?
Las redes sociales estallaron, con usuarios defendiendo el tostador como un símbolo nacional. Algunos, con humor, dijeron que pronto lo veríamos promocionado para hacer sushi o croissants, mientras otros se tomaron el asunto más en serio, calificándolo como una apropiación cultural.
La polémica creció tanto que la empresa detrás del tostador tuvo que salir a aclarar que no fue su intención cambiarle la identidad al producto. Mientras tanto, los chilenos siguen tostando su marraqueta con orgullo, porque, al final del día, el tostador chileno es y será chileno.
Un ícono con historia
El tostador chileno tiene raíces que se remontan a la década de 1920, cuando artesanos locales diseñaron un artefacto de hojalata con agujeros en su superficie y un alambre como asa. Su propósito era servir como difusor de calor, ideal para calentar alimentos en los fogones de las cocinas rurales chilenas.













