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25

Feb

Esteban Duch: la noche en que el humor volvió a respirar en Viña

ALE.

Todavía no terminaba de asentarse el frío de la Quinta cuando Esteban Duch salió al escenario. Venía con la presión encima: el recuerdo fresco de George Harris y su rutina fallida, esa misma que terminó acusando a los chilenos de xenófobos. El ambiente estaba tenso, pero Duch hizo lo que pocos logran en este escenario: leer la sala, tomar aire y partir sin miedo.

Su humor entró suave, casi conversado, como si estuviera hablando con un grupo de amigos. Y funcionó. La gente empezó a enganchar rápido, sobre todo cuando se metió en temas cotidianos. Duch no necesitó gritar ni exagerar; su ritmo era limpio, seguro, con remates que caían justo donde tenían que caer.

En un momento, sin nombrarlo directamente, soltó una línea que todos entendimos que era un palito a George Harris.  Fue el entierro elegante de Harris, sin golpes bajos, pero con la claridad de que el humorista venezolano había dejado una herida que alguien tenía que cerrar. Duch lo hizo sin victimizarse ni subirse al pedestal. Solo humor bien hecho.

A mitad de rutina ya se sentía que la noche era suya. La gente estaba cómoda, riéndose sin culpa, agradeciendo que por fin alguien devolviera la normalidad al humor del festival. Cuando terminó un bloque especialmente bueno sobre la crianza moderna, empezaron los gritos. Y ahí apareció Araneda, con ese tono que ya es marca registrada:
“La Gaviota de Plata… para Esteban Duch”
La Quinta se vino abajo. Duch se veía genuinamente sorprendido, como si no hubiera calculado que podía llegar tan lejos.

Pero la cosa no terminó ahí. Siguió un rato más, más suelto, más dueño del escenario. Y cuando remató con una historia sobre su familia —esa mezcla de ternura y absurdo que le sale tan natural— el público ya estaba pidiendo la otra. Araneda no tardó:
“Y también… la Gaviota de Oro”
Segundo estallido. Duch levantó el premio con una sonrisa que parecía de alivio y triunfo al mismo tiempo.

Su despedida fue simple, sin grandilocuencias. Agradeció, dijo que el humor era un puente y no una trinchera, y se fue caminando tranquilo, como quien sabe que hizo bien la pega.

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