junio 14, 2024
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30

Nov

Hecho en casa | @plumaiquiqueña

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Si bien es cierto, en el glorioso amado se conserva la tradición del viejo pascuero; ese carro alegórico vistoso propio de una pesquera o una empresa que recorre las calles citadinas entregando amor y regalos a los niños del puerto. Es maravilloso que en esta parte del planeta, la familia vibre con la música de bronces y lakas , y el eco de un clásico jojo.

La infancia de los más viejos, vuelve a sentirse en el Iquique de los techos planos, como si estuvieran vivos jugando a la pelota en una cancha de tierra, elevando un volantín o bajando por calle Sargento Aldea con una cámara en dirección a Cavancha. Divino tesoro correr a pata pelada por la playa, con lo mínimo material y lo máximo intangible para disfrutar en familia hasta las seis.
Sin embargo, existen otras tradiciones que han desparecido paulatinamente, como lo hecho en casa. Teorías, múltiples, muchas con atisbos propias del patriarcado, es decir, justificando la crisis familiar a la mujer y su ingreso al mercado laboral. Yo me quedo con la instalación del capitalismo y el modelo de libre mercado, que obliga a mujeres y hombres a depender hasta la muerte del despiadado sistema económico.
El campo se fue a la ciudad y la mujer a competir con toda la fuerza en la ley de la selva. Antiguamente queridos lectores, todo se preparaba en la casa, especialmente en ésta mágica época donde un baño de nostalgia se desborda por la imagen del delantal rasgado de Carmencita preparando con ahínco el pan de pascua, ella con sus prodigiosas manos santas, adquiría los frutos secos en el mercado para remojarlos en ron, y posteriormente servirlo en su mesa larga. Esta conocida vecina demostraba el amor heredado de sus padres pampinos entre pasas, nueces y un puñado de cariño. Cada hogar tenía la imperiosa necesidad de atraer la abundancia y la bonanza. Así mismo se pintaban los barrotes, se limpiaban los techos, se oreaba, se pasaba la virutilla y se aplicaba la cera con ese olor inconfundible que se respiraba al abrir la puerta con pita. Las Iglesias se encargaban de recibir a los peregrinos con un nacimiento fastuoso, simbolizando que el niño Jesús es el motivo principal de dicha festividad cristiana.
El arbolito para muchos era natural, otros comprados en Arica , cuando era puerto libre, incluyendo las pelotitas y guirnaldas. En la infancia mía, se compraban en Zofri y curiosamente me llamaba la atención unos hechos con pita ; desde el techo hasta el suelo.
En el barrio El Morro, las notas de chiquitita del grupo ABBA otorgaban la bienvenida celestial al ingresar por la puerta ancha. Mis pasos de niña se apresuraban por ir a los brazos maternos de mamá, hermoso ángel, afanada en la cocina cantaba suavecito con el piano lírico de Benny Andersson. Pareciera que cada ingrediente reflejaba una nota de este hermoso pentagrama de amor. Sobre la superficie, una decena de alimentos para preparar un suculento pavo relleno. Saben, después de la celebración, comíamos pavo por tres o cuatro días. Actualmente, no me genera agrado, no obstante, el disco de Abba estremece con ímpetu  la memoria y trae inexorablemente ese aroma tan familiar que hoy se convierte en una fiesta.
Hecho en casa desde el pan de pascua, el chocolate, las galletas, el vestido donde la modista, la ornamentación, los alfajores, el queque, el pavo relleno y el cole de mono. Instantes que permiten empaparnos con esas sensaciones que gravitan entre aromas y sabores. En éstas fechas lo aprendido se ha perdido en el tiempo. Pero en plena pandemia aún es posible volver abrazar al origen de todas las cosas, a la luz titilante del hogar y recrear nuevamente, lo hecho en casa.

Agradecimientos a Lorena Moretic Capetillo y Carmen Capetillo Montaño

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