Cada septiembre, entre cuecas y empanadas, vuelve a circular con fuerza una frase que hincha el pecho de muchos chilenos: “La bandera chilena es la más linda del mundo”. Pero ¿de dónde viene ese mito que mezcla emoción, estética y un toque de leyenda internacional?
La historia se remonta a 1907, en el balneario de Blakenberghe, Bélgica. Según crónicas de la época, durante una fiesta entre familias aristocráticas de distintos países, se organizó un improvisado concurso para elegir la bandera más hermosa. Allí, una niña chilena de 12 años —hija de la señora Rojas de Bachcker— desfiló orgullosa con una bandera de seda, montada en asta de oro. La escena fue tan emotiva que los presentes la ovacionaron y declararon ganadora a la bandera chilena.
El relato fue publicado en la revista Zig-Zag y luego replicado por El Mercurio, dando origen al mito que se ha transmitido por generaciones. Aunque nunca hubo bases oficiales ni jurado formal, el episodio quedó grabado en la memoria colectiva como una victoria simbólica en tierras lejanas.
El diseño original de 1818 —más alargado que el actual, con estrella desplazada— se exhibe en el Museo Histórico Nacional y ha sido objeto de estudios por su armonía geométrica.
No hay registro oficial de un concurso internacional de banderas. Pero como todo buen mito chileno, lo importante no es si ocurrió exactamente así, sino lo que representa: orgullo patrio, identidad y una historia que nos gusta contar.













