Cuando en Chile alguien dice “¡te voy a decir la zamba canuta!”, no está hablando de una danza ni de una señora con nombre raro. Está anunciando que va a soltar la sopa, tirar los trapitos al sol y dejar la escoba con verdades incómodas. Pero esta frase tiene historia, y no es cualquier historia: es parte del nacimiento del evangelismo en Chile.
Según el investigador Donato Torecchio, en su recopilación de dichos populares, la expresión nace en Valparaíso a fines del siglo XIX, cuando llegó al país el primer predicador evangélico: Juan Canut de Bon, un ex sacerdote católico que se convirtió al protestantismo y comenzó a predicar “la palabra” por calles, plazas y cerros.
Entre sus primeros seguidores estaba una mujer afrodescendiente, mestiza, conocida como la zamba Canuta. Antes de encontrar la fe, había sido prostituta, y tras su conversión se dedicó a recorrer los cerros porteños confesando sus pecados en voz alta, sin censura, sin vergüenza, y con una pasión que dejaba a todos boquiabiertos. Era tan intensa que la gente decía que cuando alguien “decía la zamba canuta”, estaba haciendo lo mismo: gritar sus verdades sin filtro, con todo el repertorio.
La palabra “zamba” en ese tiempo se usaba para referirse a mujeres mestizas o afrodescendientes, y “Canuta” era el apodo que se les dio a los seguidores de Juan Canut de Bon. Así, la frase quedó como símbolo de confesión escandalosa, desahogo sin pelos en la lengua o pelea verbal con todo el arsenal.
Hoy, “decir la zamba canuta” es soltar todo lo que uno sabe, sin diplomacia ni maquillaje. Y aunque la historia tiene tintes religiosos, sociales y hasta raciales, el dicho se mantiene vivo en la cultura chilena como una advertencia:
“Prepárate, porque te voy a decir la zamba canuta”… y ahí sí que no hay salvación.













